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lunes, 24 de agosto de 2015

El negocio de la polémica

En las últimas décadas, el deporte ha ido dando pasos al frente para su profesionalización. Las hazañas de antaño narradas en blanco y negro han ido forjando con precisión de cirujano el paso de aquellos deportistas con algo de barriga pero acierto de genios a los profesionales que hoy dominan el mundo del deporte, donde reina el patrón de personas hiperentrenadas, profesionales del culto al cuerpo donde el entrenamiento, la dieta y la supervisión personal están dando como resultado máquinas perfectas para afrontar los desafíos jamás imaginados. Ahora se puede correr los 100 metros desafiando la velocidad del sonido, se puede cruzar a velocidad de crucero la piscina olímpica, se pueden meter más de 60 goles por temporada en una liga de máxima exigencia o machacar aros en un alarde físico en las maratonianas temporadas de la NBA donde se juega aún más que se viaja.

La meta se ha reducido a milésimas de segundos, a milímetros, a bonificaciones que hagan recortar las cada vez pequeñas diferencias que separan a los más grandes de las diferentes modalidades deportivas. Y es que el deporte se ha profesionalizado, dejando poco lugar a la improvisación. Es tanta la exigencia en minimizar las diferencias que incluso el dopaje ha ido avanzando en paralelo, como muestra de la exigencia y el afán por la victoria.

En este camino entre la laxitud de antaño y la precisión actual, la tecnología ha ido irrumpiendo con
fuerza en el mundo del deporte para impartir la justicia que en ocasiones puede quedar al aire por la mala interpretación del juez de turno o el azar ante la difícil percepción humana. Los innumerables avances en la ciencia han dado lugar planes de entrenamiento que se ajustan a las necesidades competitivas de cada deportista para alcanzar el pico de forma en el día señalado en rojo en el calendario. Y los avances tecnológicos han hecho que la arbitrariedad sea cada vez más justa. 
El ojo de halcón hace que las líneas en el tenis no sean un cara o cruz; el replay hace que las canastas sobre la bocina entren o no en función del momento de la ejecución y así podríamos ir enumerando un largo listado donde la tecnología sirve para impartir la arbitrariedad que en ocasiones un árbitro es incapaz de impartir, bien por error humano, por una errónea equivocación o quién sabe si por deseo propio u órdenes supremas.

Hay un deporte, que se autoproclama Rey, que parece dar la espalda a estos avances tecnológicos. En los últimos campeonatos del Mundo se ha intentado dar una imagen más moderna y vanguardista, pero lo cierto es que al final, el fútbol parece empeñado en darle la espalda a que la ciencia termine con el eterno debate que cada jornada llena minutos y hojas de prensa. Se amplía el cuerpo doctrinal de árbitros que supervisan un partido poniendo jueces de fondo, pero el ojo humano, la cobardía o las limitaciones propias de la condición humana hacen que la polémica sea la norma de cada partido de fútbol. Y es que parece que el deporte del balón parece empeñado en sembrar la polémica para fomentar el debate, las tertulias y un negocio del que muchos sacan beneficios millonarios, donde las casas de apuestas deportivas parecen frotarse las manos con la posible interpretación con la que pueda gestionarse la polémica.

La mano de Dios, el gol fantasma de Michel ante Brasil en el Mundial de México ´86 que jamás subió, o la polémica que supuso la eliminación de Inglaterra a manos de Alemania en el Mundial del 2010, o el sonrojante penalti que permitió a México clasificarse para la final de la última Copa Oro, o el gol ayudado con la mano de Henry que privó a Irlanda acceder al Mundial de Brasil o el largo etcétera de ejemplos que podrían seguir añadiéndose que demuestran que el fútbol podría ser un deporte más justo donde los ganadores lo fueran siempre por méritos propios y no por deméritos de terceros, que además de interpretar las leyes debieran impartir una justicia para la que el ojo humano no siempre encuentra respuesta.

Pero mientras que los cavernícolas amantes del romanticismo de los trencillas de turno no sean capaz de dar un paso al frente y hacer de esta necesidad una realidad, seguiremos sufriendo de minutos de infarto como el del 35-36 disputado en El Molinón entre el Sporting de Gijón y el Real Madrid donde se pasó de la duda de un posible gol fantasma local a un penalti no pitado en el área contraria.




Un deporte no podrá ser el mejor del mundo cuando la justicia no sea uno de sus brazos que definan su genoma. Mientras tanto seguirán llenándose huecos en la tele, la radio o la prensa; se seguirá comentando la moviola en las cada vez más sensacionalistas tertulias futboleras donde el periodismo y el rigor ha dado lugar al forofismo de barra, donde la polémica y las teorías conspirativas son perfectas como coartada a la mala planificación o el juego paupérrimo de plantillas multimillonarias.

martes, 18 de agosto de 2015

La Galia de Lezama

Cuentan las crónicas del lugar, que existe un territorio atrincherado en las tradiciones de la cantera y los valores autóctonos que resiste a la corriente de globalización y libre mercado que lleva años comandando el mundo del fútbol. Con su chapela calada, su puro de medio lado y el grito desgarrador con un alargado Athleeeeeeeeeeetic, San Mamés resiste como Astérix y Obélix a la vorágine destructiva que arrasa el deporte de la pelota.



31 años han pasado para que la gabarra suelte amarras. Pocos podían imaginar aquel 5 de Mayo de 1984 que la victoria de un equipo entrenado por un joven y prometedor Javier Clemente por 1-0 (precisamente contra el FC Barcelona) en el Santiago Bernabéu en la final de Copa iba a ser el último título en un largo compás de espera; pero a buen seguro que para su masa social, el de esta Supercopa ha sido un baño de espera que bien mereciera que la gabarra paseara por la ría, desde el puerto de Getxo hasta la sede de la autoridad portuaria, ya en el centro de Bilbao.

Y es que un aplastante global de 5-1 (aún hay quién culpa al árbitro de haber sido decisivo por expulsar
a un jugador por acordarse textualmente de la “santa” madre del linier) y ante uno de los equipos más influyentes de la historia del fútbol gracias a la tiranía de un astro argentino empeñado en estampar su firma en el lugar más elevado del firmamento futbolístico, bien merecen una celebración.

Pero esta larga travesía de tres décadas en el desierto de no levantar trofeo no ha importado a una fiel masa social que hizo de San Mamés una religión donde acudir con fervor cada domingo de partido a su Catedral y que se ha trasladado con orgullo a un nuevo coliseo donde lejos de perder su esencia, ha conseguido potenciar los encantos. Y es que muchos de los aficionados que abarrotan el estadio cada día de partido o que acuden a ver los entrenamientos a Lezama, jamás habían visto a sus cachorros dar el zarpazo definitivo, cosa que no importa para una admiración que no entiende del glamour mediático de otros. Se puede ser del Athletic sin ser de Bilbao, sin que nos metan con calzador en los “programas” de “deporte” de TV las últimas novedades de los dos equipos grandes de España sobre los que parece pulular la vía solar del deporte rey y sobre los que parece no existir vida fuera de ellos. Es muy fácil ser del Real Madrid o del Barcelona, el éxito tiene muchos padres pero el fracaso suele dejar huérfano, de hecho ahora hay muchos más simpatizantes del equipo de la ribera del Manzanares que cuando su descenso a los infiernos de un tiempo no tan lejano.

Pero el Athletic está por encima del bien y del mal, ceñido a la línea que marcó al nacer y sobre la que anda en el alambre como un funambulista. Cuando en 1995 el caso Bosman cambió los cimientos del fútbol, muchos podrían pensar que pudiera ser el principio del fin para un equipo dispuesto a seguir los ideales de defender el escudo con jugadores de la casa. Reciclarse o morir  o la tangente de aferrarse a los ideales. En esta dicotomía, muchos equipos perdieron su identidad en busca de aferrarse a las exigencias de las competiciones domésticas, fichando sin ton ni son, gastando más de lo que tenían, pagando con pagarés son fondos y desangrándose a medida que las plantillas se convertían en una torre de Babel, con descensos inesperados y clubes insolventes que incluso pasaron a mejor vida y se vieron obligados a recalificar su nombre para encontrar su sitio en un escalón inferior al del fútbol profesional.

Pero el supercampeón que bien se merece esta entrada siguió apostando por su seña de identidad, por su ADN particular con jugadores comprometidos, una filosofía situada en las antípodas de la globalización, una cantera cuidada y un sentimiento que ha hecho de estos leones dignos herederos del Rey León. El triunfo de anoche, fue el reconocimiento a un club histórico que bien se merecía esta alegría tras perder las últimas finales, aunque en el camino haya dejado noches para el recuerdo como la del partido de autor que se marcó en el teatro de los sueños, donde los diablos rojos vestían de rayas y llevaban chapela.



Zorionak Athletic!



domingo, 12 de julio de 2015

Iker I de España

Y por fin el culebrón más vergonzoso de la historia reciente del Real Madrid llegó a su fin. Con el comunicado oficial de la noticia y la “emotiva” carta se le daba la despedida al mejor portero de la historia tras años jugando al acoso y derribo que tuvieron como epílogo unas negociaciones humillantes por parte del considerado mejor Club del Siglo XX.

Iker Casillas Fernández sale del Real Madrid tras 25 años de servicio. Forjada su leyenda con actuaciones memorables, títulos pero sobre todo madridismo, se ha ganado un hueco en el corazón de los seguidores del club de Concha Espina, un patrimonio nacional que lejos de respetarse parecía vivir expuesto en el escaparate desde hace años. Capaz de parar balones imposibles y frenar a los delanteros más temibles, no ha podido detener los ataques que le han ido disparando con efectos envenenados. Puede que la españofobia de un maniático entrenador portugués que quitó más que dio, o el casarse con una periodista de Mediaset con la mala prensa que pudiera tener para la competencia, o el moobing que desde su Club le estaban haciendo encabezado por un presidente ensimismado en mirarse el ombligo y autoproclamárse el Bernabeu del siglo XXI, o la prensa partidista con muchas intereses ocultos que veían los partidos donde él defendía la portería con un cuchillo entre las manos a la espera de clavarlo en su víctima preferida.



Y hoy domingo (precisamente ahora mismo comparece en rueda de prensa), se confirma la marcha de un emblema del fútbol español al que quiero dar las gracias por los servicios prestados. Te ganaste el derecho de ser santo porque hiciste milagros como en esa tanda de penaltis contra Italia en la Eurocopa que cambió la historia del fútbol español, quitándonos los complejos de un plumazo para ser el preludio de la edad de oro del deporte rey; o como el pie que detuvo a Robben, que tuve el privilegio de ver en directo para terminar levantando al cielo la Copa soñada en Johannesburgo; o como venciste tus miedos en Glasgow demostrándote a ti mismo que las alineaciones comenzaban con y con el 1 Casillas.

Pero el 23 de Enero de 2013 al Santo le empezaron a cortar las alas. Su lesión en la mano en Valencia fue la excusa perfecta para sacarlo de las alineaciones, para iniciar la campaña de desprestigio y para
quitarle la confianza, apareciendo las fatales dudas de microsegundos que hacen dudar a un portero y fallar. Despojado de confianza, su caída a los infiernos era cuestión de tiempo.

Casillas se une a la lista de la vergüenza en la que figuran ilustres madridistas como Hierro, Del Bosque o Raúl, emblemas que salieron por la puerta de atrás en un club ególatra que parece olvidar la esencia que le hizo grande, la de reconocer a los jugadores que han sido historia del Club, que se ha convertido en empresa, más preocupada en fichajes estratégicos para construir carreteras en Costa Rica o Colombia o expandirse en el mercado asiático que en honrar a sus trabajadores.

Los caprichos del destino suelen ser traviesos y sino que se lo pregunten a Morientes (Mónaco) o Morata (Juventus) que encontraron en los designios de la Champion la oportunidad de cicatrizar heridas. El Oporto se lleva a un gran portero (reconocido durante 5 años como el mejor del mundo) que sin estar en su mejor forma (la edad no perdona) aún dará tardes de gloria

Se va Casillas, de profesión portero, uno de los mejores de la historia. Y aunque está bien intentar ser el mejor en tu trabajo, la valía de una persona no debiera definirse por sus logros profesionales sino por la calidad de su persona. En la campaña de desprestigio, a Iker lo vendieron como pesetero (¿perdonaría usted su sueldo si su empresa, que le está haciendo moobing lo quiere despedir? y no hable de la demagogia de que su sueldo no es el nuestro), como un chivato, como un vendido a la causa culé por intentar hacer las paces con su amigo Xavi…Yo miro a Casillas y veo a una buena persona, a un hombre que va de frente y que va con la cabeza bien alta, cosa que no todos pueden decir.

No se me ocurre mejor forma de terminar este reconocimiento que con la siguiente frase que he leído en las redes sociales:

“El fútbol no tiene memoria, pero sí tiene historia. Cuando el tiempo ponga a cada uno en su lugar, Casillas seguirá siendo eterno”


3 Copas de Europa, 1 Mundial de Clubes, 2 Intercontinentales, 2 Supercopas de Europa, 5 Ligas, 2 Copas del Rey y 4 Supercopas de España con el Real Madrid, y 1 Mundial y 2 Eurocopas con la selección absoluta española. Trofeo Zamora, Trofeo Bravo y elegido en 5 ocasiones mejor portero del mundo. Es, además, Premio Príncipe de Asturias de los Deportes.




Gracias por todo Iker, nuevo Dragon de Oro

martes, 17 de marzo de 2009

CASILLAS: Dr Jekyll and Mr Hyde

Tras 25 años como profesional, 11 de ellos en la más alta élite; tras conseguir un palmarés digno de alabanza donde se acumulan 6 Ligas, 3 Supercopas y 2 Copas del Rey, donde hay lugar para dos galardones tan reseñables como lo son sus 2 Zamoras, y haber portado con orgullo 7 veces la elástica de la selección española, Paco Buyo será y es recordado sobre todo por esa interpretación de tan alta plasticidad y calidad artística en la que volaba sobre un Bernabéu enardecido en pleno auge de un derby madrileño, cayendo sobre la figura de Futre en aquel comentadísimo Diciembre del 88. Lástima la fragilidad de una memoria, que castiga con excesiva dureza sus coqueteos con el paso del tiempo y que rellena sus vacios con lo que vende, con lo que prende, con lo que escandaliza y que secunda y minimiza todo lo demás

Esa suerte suprema que es el deporte, donde tan sólo los éxitos personales y colectivos debieran premiarse, se ha visto mancillado en más de una ocasión por deportistas llamados a actores, que ven claquetas donde tan sólo hay oasis, un páramo de divina providencia que los hace interpretar papeles a los que no están llamados y que los marcan por sus deméritos. Es en parte la esencia de la picardía, ese pasito que distingue a los preparados de los audaces, que decantan balanzas y ganan enemigos con la misma fiereza que adeptos.

A lo largo de la historia del deporte, muchos han sido esos bulos que han llenado horas de radio, que se han amontonado en páginas de diarios y han sido el padrenuestro de múltiples comidillas: la mano de Dios de un Maradona que subió a los cielos, la misteriosa brecha del portero chileno Roberto Rojas, la caída del espigado Dida ante el leve roce de un aficionado escocés… Actuaciones dignas de Hollywood y merecedoras de la tan perseguida estatuilla, cazadores cazados por ese severo juez que es la cámara, y que condena al implicado a un halo de duda y trampa que será difícil de olvidar.
¿Vale todo para ganar? ¿Es todo lícito en este cada vez más corrompido y desvirtuado mundo? ¿Es ético y justificable cambiar el agua de los botes de avituallamiento por un elixir para vencer a un mermado contrincante? Está claro que no siempre el fin justifica los medios; no todo vale si para ganar hay que perder algo tan importante como la dignidad.

El pasado sábado, un nuevo suceso copó espacios dominicales. San Mamés, la cuna de la casta, del derroche del esfuerzo, de la virilidad y la batalla fue testigo del desplome de un santo azotado por un demonio tras el éxtasis de la recompensa del gol. Mucho se ha escrito y comentado sobre el derrumbe de Casillas y su posible actuación dramática. Los extremos que parecen ser la tendencia que rige la existencia humana vuelven a ser la doctrina a seguir. No hay margen de error; hay que santificar o sodomizar al bueno de Iker; es una agresión o una vil simulación; el todo o la nada, el recuerdo o el olvido; 10 segundos en la vida de un profesional que no debieran marcar su intachable carrera. Cierto es que Casillas, bajo su planta de galán de cine y esa cara de niño bueno, difícilmente se pueda desplomar por la furia de un Fran Yeste que embistió como un potro desbocado al bueno de Iker. Pero tan cierto es, que dicha embestida existió; la gravedad de dicho percance y su posible ascenso a agresión tan sólo debe estar bajo el punto de vista del colegiado, un Muñiz Fernández que vio como un reincidente en eses menesteres Fran Yeste arrasaba, puños hacía delante a un adversario.
No hay que justificar la sobreactuación, pero tampoco pienso que haya condenar al agredido. Es como, si permítanme la comparación aún a sabiendas de que pueda resultar odiosa, se condena a una mujer violada por pensar que lo iba buscando al arreglarse y ponerse guapa. No nos podemos cegar por la envidia que suscitan los que más alto llegan. El agresor siempre será el infractor, y el agredido tan sólo debe sufrir la reprimenda de ese brazo ejecutor que le atiza y le ataca. Por lo tanto, aquí hay un solo culpable (Yeste) y un agredido (Casillas); para la gravedad y los castigos ya están los comités, que son los que, vídeo en mano, acotan la sentencia. Se ha visto que el ataque se produjo, y se ha visto que dicha agresión no fue digna para recibir tan dudoso honor, por lo que con un partido queda el reo condenado

Los futbolistas, ese espejo en el que se observan y en el que a su amparo, una cada vez más huérfana juventud intenta encontrar ídolos para encontrar metas a sus sueños, deberían ser el reflejo de unos valores que se están perdiendo. Y ahí es donde encontramos la mejor interpretación de un Casillas, que sabe colgar los guantes para disputarle una pachanga a unos niños harapientos a los píes del Machu Picchu, que golea al temido cólera y que pasea su porte y su grandeza por hospitales repletos de niños enfermos que encuentran en su visita la mejor medicina radiactiva que mate sus miedos y sus tempranos sufrimientos. Una persona comprometida y coherente capaz de acallar y silenciar a sus propios ultras ante el ensañamiento ante un rival (Gurpegui eres un yonqui), que aguanta con estoicismo como teléfonos, mecheros o incluso navajas minan su hábitat que es el área chica. Un buen compañero pero mejor aún rival que ha paseado su modesta grandeza. Un grande que no es galáctico, sino de Móstoles




Casillas no es un enfermo bipolar. No debe ser comparado con el Dr Jekyll and Mr Hyde. El capitán de España es una víctima de sí mismo, de esa figura perfecta que se ha orquestado hacia su persona, y que él mismo se ha encargado de avivar gracias a su día a día. Pero Yeste tampoco es un violento sin solución, un agresor que asalta con nocturnidad y alevosía. Si se deben buscar culpables, deberían buscarse entre aquellos que difaman con intereses varios, que piensan sus ataques y se atreven a escribir calificaciones tan graves, estériles y carentes de sentido como las publicadas en la web oficial de un club admirado y señor como es el Athletic de Bilbao: "... después de la triste actuación de Casillas, ese yerno ideal que muchas madres, decían, querían tener y que, además de mentar a alguna, se ha quitado la careta y es que nadie es perfecto por muy seguro que se sienta". Un club que es fiel a su historia y que no puede permitirse el lujo de fallarse, a él y a los muchos seguidores que saben apreciar su grandeza y su mérito somero. Un mito que tiene en sus filas a gente tan capacitada y honesta como Orbaiz, capaz de no buscar remiendos ni campañas en su contra a la derrota del pasado sábado ante un Real Madrid que siempre será juzgado bajo unos cantos de sirena entonados en tiempos de dictadura bajo el epitafio de “Así, así, así gana el Madrid”

Equivocarte es una buena forma de aprender, y a buen seguro que de esta intrahistoria, ambos protagonistas habrán sacado sus propias lecturas; unas lecturas que por momentos han podido desviarse o desvirtuarse por una prensa radical que busca conflictos y polémicas, que se relame ante su presa, que le hinca el diente y le deja morir desangrada a sabiendas de que lo que vende es el morbo y la dureza, y es que el hombre prefiere una mentira brillante a cien grises verdades




"Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra"

martes, 3 de marzo de 2009

El Ocaso de la Liga de las Estrellas

Hace un tiempo, no muy lejano, la publicitada Liga BBVA tomaba el pseudónimo de las estrellas. Los Zidane, Ronaldo, Ronaldinho, Beckham,… se peleaban por copar el ranking de mejor jugador del planeta futbolístico y elegían el escaparate que se le brindaba desde la Península para conseguir tan codiciado galardón. Años de esplendor casi divino que se plasmó en campeonatos abiertos, donde Real Madrid, Barcelona y hasta Valencia ganaban ligas; que vieron como cenicientas novatas se paseaban por Europa y llegaban a alcanzar sus sueños, sueños truncados en un penalti errado por un Riquelme que navegó con maestría el juego de un submarino amarillo que se hizo grande y estuvo a once metros de una merecida final. Años, temporadas, en las que España volvía a dominar en el viejo continente; Sevilla y Valencia pasearon su orgullo de campeón con Uefas de renombre, y Real Madrid (en varias ocasiones) y Barcelona, consiguieron la joya de la corona con un trofeo orejudo que te otorga el honorífico título de mejor club de Europa.












Años de grandeza y esplendor, cimentados en parte por el boom del ladrillo, que enriqueció a los más poderosos y sirvió para hacer nuevos ricos. Época de bienes y vacas gordas que sirvieron para dar relumbrón, para dar empaque a un campeonato errático que años antes miraba con recelo tras los Pirineos, que envidiaba al Milán de Sachi, a los éxitos internacionales que siempre se le negaba a una selección española con más nombre que juego, que vio como el Bayer de Múnich infundía un temor y encabezaba esa lista de cocos que era el enfrentarse a equipos alemanes. Esos complejos, gracias a la próspera economía y a la facilidad con la que se expropiaban terrenos y se vendían nuevas parcelas, hizo que todos los flashes apuntaran a la Liga Española, que todas las cámaras enfocaran a las estrellas que deleitaban a campos atestados de enfervorizados hinchas, que los espectadores desde sus casas pudieran ver a sus equipos en unas televisiones que se volcaban ante la gallina de los huevos de oro, ante el éxito de audiencia que aseguraba ver como los guapos y talentosos jugadores lucían palmito y talento.


Pero hay un axioma que siempre se cumple; todo lo que sube baja, y toda época de vacas gordas se antecede de vacas flacas. La burbuja inmobiliaria que engatusó a propios y extraños terminó explotando, y su crack ha traído y traerá una sombra silenciosa que empieza a cernirse con voraz acritud sobre todos los estamentos de la sociedad. Un daño colateral del que el fútbol no ha podido salir ileso. Es tan típico ver en las noticias como striptease se suceden a modo recaudatorio, cómo jóvenes con familias, sueños e hipotecas se cierran en su vestuario para encontrar una solución a la desesperación de ver como el esfuerzo y el trabajo no encuentra respuesta; cómo clubes, algunos históricos y de alta alcurnia como el Logroñés desaparecen, cómo equipos hacen sentadas, cómo aficionados intentan encontrar la forma de financiar las sueños de los jugadores que entretienen sus tardes de domingo. Un peligro que empieza a despuntar y que amenaza con haces estragos; uno de los primeros grandes que siente el cálido aliento de ese peligro quieto, es el Valencia CF; un club histórico, ganador, con afición y grandes talentos que no encuentra la llave para solucionar la papeleta en la que el anterior presidente les dejó tras maniatar con su juguete a modo de equipo, de jugadores y de entrenadores de quita y pon, al mismo tiempo que jugaba con recalificaciones, con solares y proyectos faraónicos que se desvanecieron como castillos de arena.


Hubo un tiempo en que éramos la nova luminosa del panorama futbolístico, pero desde años atrás, como si de un eclipse se tratara, ese sol del que nos creíamos dueños, se ha visto ocultado tras el poder de una luna creciente llamada Premier, que ha sido elegida por magnates, por jeques y petrodólares para comandar el tiempo de ocio y sus inversiones económicas. Una nueva corriente de aire fresco que ha ventilado a una apolillada Liga británica, que ha servido para cambiar el estilo de la vieja Bretaña. Atrás quedó el mito del pelotazo, de los rechaces y los remates de los fornidos jugadores, la mayoría locales, que militaban y formaban el grueso de una Liga acomplejada por el glamour mediterráneo. Ese coto privado se ha abierto y ahora la Premier, es esa torre de Babel en la que los mejores jugadores del mundo se pelean por copar los equipos punteros, para pelear por la gloria del triunfo, por el éxito que da la fama, el glamour y la grandeza, que ha cambiado la dirección de los flashes, el enfoque de unas cámaras de fotos que captan con gozo la elasticidad y versatilidad de los Cristianos Ronaldo, las bicicletas de Robinho, el liderazgo de Gerrard, los goles de un Fernando Torres que ha encontrado fuera de su casa del Manzanares el escenario perfecto para hacerse mayor de edad, los centros milimétricos de Young, la solidez de hombres como Ferdinand, Terry o Carvhallo que apuntalan equipos ganadores. Una Premier que se ha convertido en una marca comercial atractiva y suculenta, que recibe ofertas y dinero de todo el mundo, que acelera su ritmo cuando el resto del mundo se frena, y que acentúa una herida que amenaza con tardar en cicatrizar.



No podemos obviarlo; los clubes españoles se encuentran sometidos al dominio británico, y el orgullo ibérico se encuentra bajo mínimos. Nos aferramos a la rivalidad histórica Barcelona vs Real Madrid, pero la realidad es que tenemos una Liga mediocre, que se ha desvanecido tras un prometedor arranque. El juego del Pep-team, que por momentos rozó la perfección y que amenazó con marcar una época, se está derrumbando ante la presión que ofrece un Madrid que juega a poco, pero que sabe a lo que juega; que ha encontrado una solidez y una efectividad pese a no contar con esas figuras desequilibrantes que te hacen ser grande de cara al resto del Continente. Una Liga debilitada, que ha visto como la crisis que le azota ha terminado por hacer evidentes las diferencias entre ricos y pobres. Tras los dos grandes del panorama nacional, la clase media, esa burguesía que es la que da el verdadero grado del nivel de una competición, se encuentra cada vez más debilitada. El Sevilla está claramente un peldaño por debajo de ese equipo que despuntó y sorprendió, que encontró el éxito y que empezó a perderlo tras la inesperada marcha del bravo Puerta; el Villarreal intenta encontrar la senda de un éxito, con la misma columna que brilló, pero que ahora es más vieja. Un Atlético de Madrid que es un enfermo bipolar, influenciable por sus éxitos y fracasos que le hace ser tan imprevisible como decepcionante. Un Valencia que ha pasado de soñar por recuperar con Emery el año perdido, pero que ha visto como su crisis institucional y económica, ha terminado por desviar el instinto asesino de hombres como Villa, Silva, o Mata, que necesitarán cambiar de aires para salvar el futuro del club que no encuentra la forma para pagarles y su propio futuro personal. Y en el otro lado de la balanza, una clase baja, que cada vez es más amplia y numerosa, que amenaza a propios y extraños al abismo del descenso y que no sigue un guión al que aferrarse, lo que demuestra la mediocridad del grueso de los equipos.
Cada jornada, la emoción es la nota predominante; se ven grandes goles, se alternan sorpresas, alternativas y remontadas. Un buen juego engañoso que entretiene al espectador que paga y que le hace creer, que lo de la Premier, los jeques y petrodólares son sólo fuegos de artificio.
Pero Europa es la que pone a cada uno en su sitio, y es ahí donde paseamos nuestras miserias. La Ida de los Octavos de Final nos despertaron del letargo en el que nos encontrábamos velados. Cierto es que conseguimos clasificar a nuestros cuatro representantes, pero que menos se puede pedir a una potencia mundial como es la nuestra. Pero Europa no perdona, y los errores se castigan; el todo o nada, la esencia del fútbol, el ser o no ser. Y la realidad no es otra, ya que en caso de heroica, tan sólo una presencia en Cuartos parece segura, si el Barcelona olvida sus nervios y se centra en superar a un Lyon viejo que se centra en el golpeo de Juninho y la pegada de Benzema. La lógica también da sus oportunidades a un Villarreal que es mejor que el Panatinaikos, pero que tendrá que superar el infierno que le espera en Grecia. Pero esa lógica optimista que coloca a dos de los nuestros en la siguiente ronda, también nos dice que el glorioso Atlético, a no ser que le toque ofrecer su mejor versión, está abocado a sufrir la eliminación a manos de un equipo menor como es el actual Oporto, y de un Real Madrid que aspira a sufrir su enésimo fracaso consecutivo en unos Octavos de Final que se le están atragantando y del que corre el riesgo de volver a caer en la tela de araña con la que serán recibidos en un Anfield que a buen seguro que inspirará más temor que un Bernabéu que se ha desacreditado como santuario de los milagros y remontadas. El contrapunto son los equipos ingleses, ya que sus cuatros equipos son claros aspirantes a un pase a unos Cuartos de Final que se pueden convertir en su coto privado. Cierto es que ningún equipo remató sus eliminatorias y que todas se encuentran abiertas, pero al menos han puesto ese plus del que los nuestros han carecido, y han saldado sus enfrentamientos con tres victorias (eso sí, por la mínima) y un empate. Si a este tropezón (que aún no fracaso consumado) se le suma la debacle que se ha sufrido en la Copa de la Uefa en la que no hemos conseguido meter ni a un conjunto español en Octavos, pese a contar con las bazas serias al triunfo final que suponían Sevilla y Valencia, tenemos más que motivos serios para sopesar una crisis que amenaza con su sumisión, y un serio aviso para no dormirnos en los laureles triunfales en el que nos encontrábamos inmersos.



La lectura positiva que hay que buscar, es que los axiomas anteriormente citados, tienen sentidos de ida y vuelta; lo más arriba expuesto también se puede citar en que todo lo que baja sube, y que las vacas gordas volverán a suplantar a las flacas. La riqueza de la Premier no será eterna, y los caprichos de sus inversores se esfumarán tras decepciones. Ya está ocurriendo en el Chelsea, donde su magnate ruso se está cansando de los disgustos y la desacreditación que su capricho le está dando. Si ciclo amenaza con expirar, y su herencia será ardua; un equipo acomodado, viejo y arruinado por costosos fichajes y grandes sueldos de unas estrellas venidas a menos que dificultarán el futuro del club. Liverpool, Manchester City, Manchester United,… todos ellos se basan en fortunas extranjeras que no sienten y no tienen el apego de unos dirigentes fríos que a la mínima de cambio, decidirán cambiar el destino de sus fortunas, encontrarán nuevos caprichos y dejarán a sus juguetes heridos de alto alcance. La gloria es pasajera, el éxito encuentra muchos padres, pero el fracaso es huérfano. Mientras en Inglaterra nadan en la abundancia, aquí no tenemos que desviarnos del camino. Debemos seguir con nuestro producto nacional que por fin ha visto y se ha quitado complejos, que se ve capacitado y ganador; una cantera sólida que emerge en tiempos de crisis ante las vacantes que dejan la falta de fichajes de relumbrón. Ya lo dice el refranero; no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure, así que mientras tanto, toca remar y aunar esfuerzos y sacrificios ante un mismo fin, no ceder terreno, no tirar el testigo, ya que quién tropieza y no cae adelanta camino