Rodando

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martes, 18 de agosto de 2015

La Galia de Lezama

Cuentan las crónicas del lugar, que existe un territorio atrincherado en las tradiciones de la cantera y los valores autóctonos que resiste a la corriente de globalización y libre mercado que lleva años comandando el mundo del fútbol. Con su chapela calada, su puro de medio lado y el grito desgarrador con un alargado Athleeeeeeeeeeetic, San Mamés resiste como Astérix y Obélix a la vorágine destructiva que arrasa el deporte de la pelota.



31 años han pasado para que la gabarra suelte amarras. Pocos podían imaginar aquel 5 de Mayo de 1984 que la victoria de un equipo entrenado por un joven y prometedor Javier Clemente por 1-0 (precisamente contra el FC Barcelona) en el Santiago Bernabéu en la final de Copa iba a ser el último título en un largo compás de espera; pero a buen seguro que para su masa social, el de esta Supercopa ha sido un baño de espera que bien mereciera que la gabarra paseara por la ría, desde el puerto de Getxo hasta la sede de la autoridad portuaria, ya en el centro de Bilbao.

Y es que un aplastante global de 5-1 (aún hay quién culpa al árbitro de haber sido decisivo por expulsar
a un jugador por acordarse textualmente de la “santa” madre del linier) y ante uno de los equipos más influyentes de la historia del fútbol gracias a la tiranía de un astro argentino empeñado en estampar su firma en el lugar más elevado del firmamento futbolístico, bien merecen una celebración.

Pero esta larga travesía de tres décadas en el desierto de no levantar trofeo no ha importado a una fiel masa social que hizo de San Mamés una religión donde acudir con fervor cada domingo de partido a su Catedral y que se ha trasladado con orgullo a un nuevo coliseo donde lejos de perder su esencia, ha conseguido potenciar los encantos. Y es que muchos de los aficionados que abarrotan el estadio cada día de partido o que acuden a ver los entrenamientos a Lezama, jamás habían visto a sus cachorros dar el zarpazo definitivo, cosa que no importa para una admiración que no entiende del glamour mediático de otros. Se puede ser del Athletic sin ser de Bilbao, sin que nos metan con calzador en los “programas” de “deporte” de TV las últimas novedades de los dos equipos grandes de España sobre los que parece pulular la vía solar del deporte rey y sobre los que parece no existir vida fuera de ellos. Es muy fácil ser del Real Madrid o del Barcelona, el éxito tiene muchos padres pero el fracaso suele dejar huérfano, de hecho ahora hay muchos más simpatizantes del equipo de la ribera del Manzanares que cuando su descenso a los infiernos de un tiempo no tan lejano.

Pero el Athletic está por encima del bien y del mal, ceñido a la línea que marcó al nacer y sobre la que anda en el alambre como un funambulista. Cuando en 1995 el caso Bosman cambió los cimientos del fútbol, muchos podrían pensar que pudiera ser el principio del fin para un equipo dispuesto a seguir los ideales de defender el escudo con jugadores de la casa. Reciclarse o morir  o la tangente de aferrarse a los ideales. En esta dicotomía, muchos equipos perdieron su identidad en busca de aferrarse a las exigencias de las competiciones domésticas, fichando sin ton ni son, gastando más de lo que tenían, pagando con pagarés son fondos y desangrándose a medida que las plantillas se convertían en una torre de Babel, con descensos inesperados y clubes insolventes que incluso pasaron a mejor vida y se vieron obligados a recalificar su nombre para encontrar su sitio en un escalón inferior al del fútbol profesional.

Pero el supercampeón que bien se merece esta entrada siguió apostando por su seña de identidad, por su ADN particular con jugadores comprometidos, una filosofía situada en las antípodas de la globalización, una cantera cuidada y un sentimiento que ha hecho de estos leones dignos herederos del Rey León. El triunfo de anoche, fue el reconocimiento a un club histórico que bien se merecía esta alegría tras perder las últimas finales, aunque en el camino haya dejado noches para el recuerdo como la del partido de autor que se marcó en el teatro de los sueños, donde los diablos rojos vestían de rayas y llevaban chapela.



Zorionak Athletic!



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