En
las últimas décadas, el deporte ha ido dando pasos al frente para su
profesionalización. Las hazañas de antaño narradas en blanco y negro han ido
forjando con precisión de cirujano el paso de aquellos deportistas con algo de
barriga pero acierto de genios a los profesionales que hoy dominan el mundo del
deporte, donde reina el patrón de personas hiperentrenadas, profesionales del
culto al cuerpo donde el entrenamiento, la dieta y la supervisión personal
están dando como resultado máquinas perfectas para afrontar los desafíos jamás
imaginados. Ahora se puede correr los 100 metros desafiando la velocidad del
sonido, se puede cruzar a velocidad de crucero la piscina olímpica, se pueden
meter más de 60 goles por temporada en una liga de máxima exigencia o machacar
aros en un alarde físico en las maratonianas temporadas de la NBA donde se
juega aún más que se viaja.
La
meta se ha reducido a milésimas de segundos, a milímetros, a bonificaciones que
hagan recortar las cada vez pequeñas diferencias que separan a los más grandes
de las diferentes modalidades deportivas. Y es que el deporte se ha
profesionalizado, dejando poco lugar a la improvisación. Es tanta la exigencia
en minimizar las diferencias que incluso el dopaje ha ido avanzando en
paralelo, como muestra de la exigencia y el afán por la victoria.
En
este camino entre la laxitud de antaño y la precisión actual, la tecnología ha
ido irrumpiendo con
fuerza en el mundo del deporte para impartir la justicia
que en ocasiones puede quedar al aire por la mala interpretación del juez de
turno o el azar ante la difícil percepción humana. Los innumerables avances en
la ciencia han dado lugar planes de entrenamiento que se ajustan a las
necesidades competitivas de cada deportista para alcanzar el pico de forma en
el día señalado en rojo en el calendario. Y los avances tecnológicos han hecho
que la arbitrariedad sea cada vez más justa.
El ojo de halcón hace que las
líneas en el tenis no sean un cara o cruz; el replay hace que las canastas
sobre la bocina entren o no en función del momento de la ejecución y así
podríamos ir enumerando un largo listado donde la tecnología sirve para
impartir la arbitrariedad que en ocasiones un árbitro es incapaz de impartir,
bien por error humano, por una errónea equivocación o quién sabe si por deseo
propio u órdenes supremas.
Hay
un deporte, que se autoproclama Rey, que parece dar la espalda a estos avances
tecnológicos. En los últimos campeonatos del Mundo se ha intentado dar una
imagen más moderna y vanguardista, pero lo cierto es que al final, el fútbol
parece empeñado en darle la espalda a que la ciencia termine con el eterno
debate que cada jornada llena minutos y hojas de prensa. Se amplía el cuerpo
doctrinal de árbitros que supervisan un partido poniendo jueces de fondo, pero
el ojo humano, la cobardía o las limitaciones propias de la condición humana
hacen que la polémica sea la norma de cada partido de fútbol. Y es que parece
que el deporte del balón parece empeñado en sembrar la polémica para fomentar
el debate, las tertulias y un negocio del que muchos sacan beneficios
millonarios, donde las casas de apuestas deportivas parecen frotarse las manos
con la posible interpretación con la que pueda gestionarse la polémica.
La
mano de Dios, el gol fantasma de Michel ante Brasil en el Mundial de México ´86
que jamás subió, o la polémica que supuso la eliminación de Inglaterra a manos
de Alemania en el Mundial del 2010, o el sonrojante penalti que permitió a
México clasificarse para la final de la última Copa Oro, o el gol ayudado con
la mano de Henry que privó a Irlanda acceder al Mundial de Brasil o el largo
etcétera de ejemplos que podrían seguir añadiéndose que demuestran que el
fútbol podría ser un deporte más justo donde los ganadores lo fueran siempre
por méritos propios y no por deméritos de terceros, que además de interpretar
las leyes debieran impartir una justicia para la que el ojo humano no siempre
encuentra respuesta.
Pero
mientras que los cavernícolas amantes del romanticismo de los trencillas de turno
no sean capaz de dar un paso al frente y hacer de esta necesidad una realidad,
seguiremos sufriendo de minutos de infarto como el del 35-36 disputado en El
Molinón entre el Sporting de Gijón y el Real Madrid donde se pasó de la duda de
un posible gol fantasma local a un penalti no pitado en el área contraria.
Un
deporte no podrá ser el mejor del mundo cuando la justicia no sea uno de sus
brazos que definan su genoma. Mientras tanto seguirán llenándose huecos en la
tele, la radio o la prensa; se seguirá comentando la moviola en las cada vez
más sensacionalistas tertulias futboleras donde el periodismo y el rigor ha
dado lugar al forofismo de barra, donde la polémica y las teorías conspirativas
son perfectas como coartada a la mala planificación o el juego paupérrimo de
plantillas multimillonarias.









