Rodando

Rodando

martes, 24 de febrero de 2009

Falsa Moral

La maquinaria está en marcha; hay que arrestar al ladrón. Déjense de presunción de inocencia, de no ser culpable hasta que se demuestre lo contrario; condenémoslo, difamemos su nombre y luego, ya vendrán los interrogatorios, los dimes y diretes, las rectificaciones…

No es nuevo; el deporte de los deportes, el espíritu de sufrimiento y tenacidad, languidece, agoniza ante la pasividad de unos y el mal hacer de otros. Esa lucha personal contra uno mismo llamada ciclismo, es un enfermo terminal que lleva mucho tiempo esperando la extremaunción. Con el caso Festina se destapó el tarro de las esencias, la caja de pandora que prende más y más en vez de intentar ser apagada. Nadie aúna sus fuerzas para hacer de la mejora algo exponencial. Cada frente, cada organización, quiere evangelizar de manera individual el panorama contra el dopaje para lavar la imagen de la competición que ellos institucionalizan, para intentar empacar a los valientes y cada vez más escasos valientes que se siguen aferrando al sueño de la bicicleta.
El último en salir a la palestra ha sido Alejandro Valverde, uno de los muchos campeones que han crecido bajo la sombra de la duda. Una duda que viene desde diversos colectivos: Francia, Italia… se vuelcan en intentar ponerle el cordel a un gato que no tiene dueño, que aparece y desaparece ante la atónita mirada de los curiosos, que ven como su fe ante este deporte se evapora a modo de decepción. No voy a ser yo quien lance una lanza en nuestro favor. Cierto es que los padres del doping pudieran ser españoles; Eufemio Fuentes, la Operación Puerto, Manolo Sainz… demasiadas incógnitas centradas en la Península, demasiado potencial científico, demasiado talento intelectual al servicio del mal. Esa lacra de trampa y fullería, es una sombra demasiado oscura; se cierne y se agranda a medida que el sujeto se aleja de su foco principal. Demasiados atestados: Heras, Beltrán… leyendas que en sus días de esplendor glorificaron la significación del esfuerzo y que en su ocaso cayeron en el ostracismo del olvido, de la culpa, de la condena.
Quiero que quede claro que no estoy a favor del dopaje, pero quizás, esto no sea más que el resultado del tirano significado que se quiere obtener del deporte. Se ama la épica; las escaladas tortuosas que serpentean entre Pirineos y Alpes, las escapadas de dimensiones heroicas, los cambios de ritmo y las etapas maratonianas tocando el cielo, la nieve, la lluvia y el calor. Tocando el orgullo que cada deportista que a lomos de su bicicleta se encarama a la cima del anonimato; un deporte demasiado duro en el que tan sólo son reconocidos unos pocos. Un pelotón que recorre los mismos kilómetros, que sufre como pocos, que recibe la inesperada visita de pájaras y al tío del mazo que te castiga y te endurece las piernas, que te impide a encadenar una cadencia de pedaleo que te haga no descolgarte del resto de héroes que se doblan y se abren paso entre una multitud cada vez menos popular y más populista que se sigue encaramándose a las altas cumbres para alentar, para aplaudir, para exhalar un último aliento de esperanza.
Todo ese esfuerzo, toda esa búsqueda de espectáculo y heroicidad continua termina pagándose. Los cuerpos, aunque en momentos puntuales en los que se alcanza la perfección, no son máquinas; se pierden con el tiempo, se gastan, se oxidan. Pierden brío y voluntariedad, se alejan de las figuras en ciernes que nacen y se hacen. Demasiado cruel para ser verdad. Toda una vida al servicio de la bicicleta, y cuan efímero es el éxito, la gloria, el beneficio económico. Quizás por eso, cuando la carrera de un ciclista deja de subir pendientes para iniciar la bajada de su ocaso, quizás es en ese momento, cuando se aferre a esa sueño científico que es el dopaje y que termina convirtiéndose en la peor de las pesadillas, el desprestigio, el olvido, la desacreditación a toda una vida de esfuerzo, de dietas milimétricas, de entrenamientos bajo solsticios, inviernos, frío y calor.



Pero no nos engañemos; no nos tapemos heridas con tiritas ni ojos con vendas para no ver. Esta falta de ética no se centra sólo en el deporte de las dos ruedas. Es un problema colectivo de magnitudes desconocidas del que muchos no se atreven a desenmascarar. Es curioso que esa ley contra el dopaje que asfixia a ciclistas, que los trata como delincuentes, que los despierta de su merecido descanso para ser pinchados, analizados, cuestionados… sea tan laxa para otros. Futbolistas, jugadores de baloncesto… terminan sus enfrentamientos y orinan en un bote sin ser puestos bajo el velo de la duda. Ese esfuerzo colectivo que pedía antes para las diferentes organizaciones ciclistas, debe de ser secundado por el colectivo general que es el deporte, para que así no haya ovejas negras ni niños mimados, para que el ciclismo no se convierta en el chivo expiatorio de una lacra cada vez más grande y oscura.



Y luego nuestra falsa moral, el escándalo sensacionalista que vende periódicos y llena espacios televisivos. Puedes doparte y se te pueden conceder segundas oportunidades, pero si una cámara privada te capta fumando marihuana después de llevar toda una vida entrenando para conseguir el mayor hito olímpico, después de tener más que un merecido descanso, tanto físico como emocionalmente, quedas condenado, piden tu cabeza y se inicia la caza de brujas. Phelps es un icono, un ejemplo para la juventud que puede ser tomado como espejo; por eso no debería sucumbir a ese influjo superficial que dan las drogas para rellenar su tiempo libre. Pero no debemos obviar, que ese tiempo libre es merecido, que no compite ni falsea posibles resultados, que ha decidido tomar un tiempo sabático antes de emprender su último desembarco, unas próximas Olimpiadas que quedan cada vez más lejos, ante tanta hipocresía, ante esa doble y falsa moral que se encarga de glorificar y condenar sueños, en triturar mitos vivientes, en crearlos y colocarlos.



Hecha la ley, hecha la trampa. Cuanto esfuerzo en la investigación tirado por la borda, cuanto talento perdido. Los mismos que buscan el antídoto, crean nuevas enfermedades para seguir con el negocio. Lo hacen las empresas de antivirus, lo hacen los científicos deportivos que se empeñan en seguir siendo figuras en ciernes desde el anonimato que da el miedo a la sanción de sus clientes, personas desesperadas que buscan ese plus definitivo que pase desapercibido, que salta los cepos, que esquive las minas.

No pido igualdad de ferocidad, sino igualdad de trato. La unión hace la fuerza, y algunos ya han levantado la voz, a riesgo de exponerse a que la opinión pública encuentre intereses personales en sus declaraciones. El último en exponer su idea, ha sido uno de los iconos mundiales, un Rafa Nadal que se queja del trato vejatorio que sufren, que le hacen sentirse como criminales, por el simple hecho de amar lo que hacen y haber llegado a la cima del esfuerzo y la superación, por ser estrellas de un mundo del deporte que se puede desmoronar y salir del cuento de hadas en el que se encuentra inmerso.
No todos son Nadal; ni cada cuerpo puede ganar exhibiéndose a lo Bolt, ni romper hitos sin precedentes a lo Michael Phelps, ni tener la plasticidad de Jordan… Si no ganas, y además convences, no eres nadie. No se recuerda al segundo, ni mucho menos al grueso de componentes que forman el grupo elegido para la gloria. Es difícil imaginarse lo que una persona, desde su niñez, ha tenido que luchar para asomar la cabeza; muchos han sido los esfuerzos, y muy pocos los reconocimientos. Es por eso, quizás, que la desesperación de ver como remas tanto para morir en la orilla, de ver que pese a haber empleado toda una vida no puedes competir con el nivel de superdotados de la naturaleza que hacen tu esfuerzo baldío, te haga caer en manos ajenas de intereses desleales, en buscar en lo ajeno el elixir de la eterna juventud, lo anti fisiológico de la victoria, la fama y el no caer en el olvido. Quizás, si los altos cargos, si la prensa, si la afición, nos diéramos cuenta que antes va la persona y luego el deportista, si pensáramos en todo momento lo que significa el esfuerzo derramado, los mejores años de una vida, los logros obtenidos en su esplendor, se ahorrarían casos lastimosos como los de Marian Jones, que en su empeño de seguir siendo la más grande, vio mancillada la leyenda que con tanto esfuerzo ella misma formó, y ella misma derrocó; se ahorrarían vidas perdidas a lo Pantani o Chava Jiménez, casos Mariano Puerta, Festina…, y se daría, de una vez por todas, el buen y merecido trato que cada héroe anónimo se ha ganado por su esfuerzo, por los duros entrenamientos en la sombra, por cada canasta, por cada pedalada, por cada gol, por todos esos esfuerzos vertidos que hacen de la especie humana, la mayor, mejor y más ávida de las especies que conviven en la faz de la tierra.



"Quién ama el peligro perecerá en él"

martes, 17 de febrero de 2009

Raul: the legend

La envidia es la religión de los mediocres, y Raúl es venerado como un Dios; una de esas leyendas que se forjan a sí mismo en medio de la nada. Uno de esos personajes amados y odiados a la vez, con tanta ferocidad que es capaz de levantar un debate nacional.

Pocos podían sospechar que el fino y desgarbado delantero que se enfundaba de la mano de su mentor Valdano, la zamarra morada del Real Madrid, estaba comenzando a escribir su propia leyenda. Aquella fría noche de Octubre de 1994 Raúl demostró que el talento literario del que el técnico argentino hace alarde, se acompañaba de una visión premonitoria; una actuación impropia para un adolescente de tan sólo 17 años, un partido esperanzador pese a que la Romareda viera como erraba varias claras oportunidades, y cómo Cedrún y el infortunio, hicieran que ese niño que soñaba con ser hombre, tuviera que contar su primera batalla como derrota.
Víctor, Benito,.. muchos fueron los canteranos que por esa época vieron cumplida la recompensa de los fríos y desangelados entrenamientos de la Ciudad Deportiva; pero desde sus inicios, Raúl llegó para quedarse, para no ser uno más. Justo una semana después de su debut, Raúl saldaría las deudas contraídas en Zaragoza ante los ojos de toda la España futbolística. En un derby contra el Atlético, Raúl quitó las primeras telarañas con un tiro teledirigido hacia la escuadra, y un penalti a su escuálida figura de diminuto adulto, serviría para redondear una gran victoria ante el eterno rival de la capital. Un chaval de nombre castizo y de familia humilde había iniciado su misión, de profesión goleador
Nacía el mito; alguien empezaba a volar sobre el nido del buitre, y qué mejor figura para suceder al intelectual Don Emilio que un hombre de la casa, un icono de la Fábrica, un más que digno sucesor de la elástica blanca. Kopa, Amancio, Santillana, Butragueño,… podían descansar al fin tranquilos, el 7 blanco estaba a buen recaudo

Uno de los mayores defectos que tenemos en nuestro modélico país, es que somos frágiles de memoria. Nadie en Italia osa discutir a figuras casi paternales como Maldini o Del Piero. Un país que olvida su pasado nunca tendrá futuro, y Raúl, esa omnipresente divinidad, engloba pasado, presente y futuro. Con él, el tiempo parece haberse detenido. 16 años dan para mucho; para perderse en el camino, para diluirse en el intento, para perder el rumbo… Pero Raúl no ha perdido ni un segundo de ese preciado tiempo, y se ha empeñado, con una testarudez que a veces rozaba lo enfermizo, en forjar su figura más allá de críticos y detractores. Esa memoria frágil y olvidadiza que se encarga de rellenar los vacios mentales con los que el tiempo nos castiga, se puede olvidar de todo lo que ha dado Raúl en pos del fútbol español. Hablar de Raúl es comentar el penalti al limbo en la Eurocopa ante la vecina Francia, o esos partidos en los que el 7 se perdía en carreras estériles y juego apagado. Pero Raúl no es esa pequeña punta que oculta la magnitud de un iceberg. Raúl es hombre, inteligencia, gol, tesón, un icono al que se deben aferrar los valores en ciernes que se codean en esos terrenos de barro y albero en el que los niños intentan cumplir su sueño y el de sus padres.
Raúl no es brasileño; no es guapo ni sabe regatear; no tiene un tiro poderoso, ni un remate rapaz de cabeza. No es rápido ni un killer, pero es listo como muchos pero sabio como pocos. Ese cúmulo de “defectos” que componen la figura de Raúl, es lo que le ha hecho grande. Raúl es un erudito de su propia persona, un profesional al servicio del balón, que sabe leer sus defectos para magnificar ese cúmulo de virtudes que atesora. Si el esférico tuviera su propio psique, seguro que elegiría a alguien como al 7 blanco para ser domado. Un analista que sabe leer los tempos de los partidos, la psicología de una plantilla; una de esas figuras calladas que nace con un don que le hace ser especial. Raúl nació para ser Raúl, y el fútbol español le estaba esperando
Un hombre callado que siempre se ha mostrado bajo un manto turbio. Un hombre enigmático del que pocos saben lo que piensa, lo que siente, lo que es. Raúl debe sufrir. Cuanto más grande se es, más envidias se suscitan, y Raúl se ha visto atacado desde todos los frentes. Su privacidad ha forjado una trinchera en la que ha tenido que recluirse más de una vez. 309 goles hablan por sí sólo; Di Stéfano ya tiene con quién contar batallitas, o mejor dicho, ya hay alguien que haga que en vez de que Don Alfredo hable, tenga que escuchar.
Liga, Copa, Supercopas, Mundiales, Eurocopas, Champions… Raúl ha metido goles en todos los terrenos, de todas las facturas, de todos los colores, en todas las competiciones, ante todos sus rivales. Ese es su mérito, ese es su don. Una versatilidad que le ha permitido mudar la piel como un camaleón. Nadie como Raúl ha sufrido su bondad; siempre al servicio del grupo, ha visto como la llegada de los galácticos le quitaba protagonismo y le alejaba de su hábitat que es el área rival. Pero pese a ello, Raúl siempre ha aparecido para dejar su impronta, para dejar claro que la gloria explosiva es pasajera, pero que su poso de grandeza ha dejado su impronta a lo largo de los muchos títulos que ha conquistado, junto a unos compañeros que se han ido sucediendo. Figuras mundiales que lo han ganado todo, jóvenes en ciernes con futuro prometedor; extranjeros que ansían conquistar la casa blanca… personas que han encontrado en Raúl a un padre futbolístico, a un domador de vestuarios, a una figura en la que mirarse para intentar crecer.
Raúl no es solo un ratón del área; sus 309 goles no han sido como su último, el segundo que pernoctó en El Molinón. Raúl ha hecho auténticas obras de arte, ha patentado el aguanís, se ha burlado de su amigo Cañizares en la conquista parisina de la Octava, ha realizado cucharas tan suyas y tan propias, ha inventado vaselinas ante los Ablanedos y Albertos de turno, ha demostrado picardía a raudales, ha sabido anticiparse a errores y descoordinación de defensas y porteros, que se han visto devorados por el hambre que Raúl siempre ha mostrado bajo su apariencia menuda y enigmática, ha silenciado a campos rivales con su índice sobre sus labios.
Raúl ha dejado de tener rivales; compite contra sí mismo, contra el monstruo que ha creado. El paso de los años que han visto sus tardes de gloria, es ahora uno de sus rivales. En el ocaso de su carrera, aún Raúl no ha dicho su última palabra. Que nadie descarte verlo levantar la Décima, como embajador que es de ese trofeo, la niña de sus ojos y en donde su nombre se encuentra impreso con letras de oro como máximo goleador de la historia de la competición.

El comienzo del final ha hecho su aparición, pero Raúl, ese veterano curtido en tantas batallas que han forjado su alma de guerrero, tiene una última meta, un tufo de soñador empedernido, un deseo que anhela como un colegial. Tiene la espina de la Selección, el club de sus amores. Cómo él no se ha cansado de decir, primero España y luego todo lo demás. Su capitán, ese Ferrari anunciado por Hierro, máximo goleador y 104 entorchados a sus partidos, se quiere despedir por lo alto. El Mundial parece lejano; una temporada y media de debate en la que Raúl tendrá que aguardar con estoicismo la ferocidad de sus ácidos críticos. A esas edades es imposible aventurar a temporada y media, al calor de Sudáfrica. Pero antes, este verano, la roja tiene cita con la historia, el debut en la Copa Confederaciones, una cita, en la que por méritos propios, actuales y personales, Raúl debería estar. Raúl es uno de esos animales que no tropieza dos veces en la misma piedra. Roces internos en el último mundial le han privado de perderse la gloria conquistada este verano en Austria, ese sueño que ha buscado con el mismo ahínco con el que ha perforado metas rivales, con el que ha roto partidos y ganado a adversarios. Ese sabio hecho futbolista sabe que ahora mismo, Villa y Torres están un escalón por encima, pero luego está él, y a buen seguro, que sabrá amoldarse a un grupo humano joven y exitoso, que sabrá que los flashes ya no le apuntan, que ya no es el centro de un carro del que él tantas veces tuvo que tirar. Si Del Bosque reconoce la evidencia, Raúl estará como tercer delantero, y desde el ostracismo que da ser un segunda espada, Raúl será el primero en entonar el Se parece más a ti de Jambao, esa canción talismán con la que la selección encontró el título perdido, la canción que explorará Sudáfrica en las dos próximas citas para la gloria. Raúl dejará de ser solista para unirse a un coro, que le dará su último y tan merecido homenaje. Se lo merece él, se lo debe el fútbol español

Larga vida al Rey Raúl; un mito viviente, la leyenda, el triunfo de la humildad. Un sueño hecho realidad. Por todo y por nada, muchas gracias capitán



jueves, 12 de febrero de 2009

Los chicos no lloran


Las lágrimas de un campeón afloraron en la Rod Lanver de Melbourne, de un genio de la raqueta, de un mortal que no tiene muñecas sino guantes, un misil de alta definición que donde pone el ojo pone la bola.

Ese campeón, ese virtuoso, ese genio que se resigna a su destino, es Roger Federer, y llora de rabia, de impotencia, de desesperación, porque ve que el olimpo de la historia se le resiste, que ese vagón que debe tomar para convertirse en leyenda pasa sin poder tomarlo, ya que siempre que lo intenta se encuentra con un herculiano tenista de Manacor, que tiene tanto talento como sed de victoria.

Cuando nació en Binningen en 1981, nadie sospechaba que un icono en ciernes había tomado acto de presencia. Roger no ha sido un ejemplo de precocidad, tardó en despuntar y tuvo que esperar hasta la edad de 20 años para doctorarse en la catedral de Wimbledon, donde se impuso en un épico cruce de Octavos de Final, al emperador Sampras, que por esa época era el gran dominador; ese encuentro fue el comienzo del final para el americano, y la toma del testigo para el suizo, que encontró en la leyenda ganada a base de raquetazos y Gram Slams de Pete el espejo en el que mirarse, la cota que superar. El 7-6, 5-7, 6-4, 6-7 y 7-5 fue su bautizo tenístico, su consagración, su llegada al Olimpo de los Dioses, un destino que le estaba esperado, pero que le puso a prueba, ya que la derrota en Cuartos de Final ante Hemman frenó una progresión de la que el tiempo era su peor aliado.

Pero Roger había llegado para quedarse y aunque su eclosión llegó tarde, su tiranía ha sido feroz. Despuntó a los 22 con su primer entorchado en la hierba londinense, y desde entonces, Roger ha dejado de competir contra el resto de mortales de la raqueta. En esos 5 años, Federer ha ganado 13 de los 20 grandes, estableciendo un hito sin igual, y demostrándose, a sí mismo y al mundo, que él era su mayor enemigo. Roger creó ese monstruo envuelto en ese aura de majestuosidad, de elegancia y de triunfo. Federer ganaba sin sudar, a base de obras de arte, de drives y de derechas liftadas, de aces y passings shots. Su rival era la historia, la leyenda, el ser el más grande, y la meta eran el 14, el número de grandes conquistados por el hombre que le cedió el testigo en esos Octavos de Final de Wimbledon; esa ha sido la inspiración del gigante suizo, esa ha sido su meta, esa ha sido su frustración.

Los flashes estaban preparados, las placas estaban impresas, los videos al acecho para ver su ascensión definitiva. Pero Roger ha encontrado su criptonita, ese antídoto fiero que cada vez que lo ve le hace tambalearse, le hace sentirse humano, vencible, errático y derrotado. Al igual que pasó con Federer que secó ese manantial de victorias que era Sampras, un hipertrofiado genio español ha llegado para quedarse, para hacer más grande el mito viviente de Federer, ya que la historia del deporte se escribe a base de grandes duelos, de enfrentamientos entre los mejores. Nadal será la clave para la coronación del suizo. En los 13 anteriores, él era su único rival, ya que el resto de tenistas habían claudicado, todos menos la figura nacional que estaba creciendo a base de carreras y bolas imposibles, que había establecido en la central de París ese campo santo magno, su trinchera impenetrable, su santo y seña, su religión. Pero ese Rafa tan nuestro y tan de todos, ese Vamos nacional, ha dejado de revolcarse solo sobre arcilla para degustar el páramo de la tierra londinense, la rugosa pista sintética de las antípodas australianas, el vestirse de oro pekinés.

La historia del deporte se resume en eso, en duelos épicos y en ídolos que hincan la rodilla, que ven en la derrota ante su máximo rival el estimulo ideal para seguir su particular cruzada hacia la superación y la perfección. Al final eso es lo que queda: un Barcelona-Madrid, un Brasil-Argentina, unos Lakers-Boston Celtics, un Karpov-Kasparov, un Ali-Frazier... momentos históricos en los que la perfección se pone al servicio de la estética y la batalla se hace la más hermosa de las guerras. Cada gol, cada pedalada, cada canasta, cada movimiento maestro, son el reflejo más sublime de la perfección de la especie humana.

La historia del tenis acostumbra a duelos de magnitudes indescriptibles; el Federer-Nadal no es más que el testigo de sus antecesores: Connors y McEnroe, Becker y Edberg, Sampras y Agassi,... todos ellos se necesitaron para dar empaque a su esfuerzo, para darle brillo a sus éxitos, para justificar sus derrotas; y es que poco se aprende con la victoria, pero mucho con la derrota.



Hoy Federer llora de amargura; su ánimo ha caído, se ve viejo, mayor, cansado, sólo. El éxito tiene muchos padres pero el fracaso es huérfano. Mira al otro lado de la pista, a la parte alta de los cuadros, y ve a un adolescente, fuerte y moreno, emanar sudor, luchar cada bola, devolver lo imposible, tirarse al suelo y lanzar su sudada cinta del pelo para celebrar un nuevo triunfo. Todos esperaban a Roger en el olimpo, pero todo parece indicar que su puesto presidencial lo ocupará nuestro Rafa, un genio mundial que será recordado por sus logros y por los valores deportivos que refleja. Por eso Federer lloró en Australia, porque vio que una de sus últimas oportunidades se escapaba después de acariciarla durante más de cuatro horas, porque se dio cuenta que tendrá que esperar a que la hierba de Londres le de una nueva oportunidad para llegar a los 14 e igualar a su maestro Pete. Roger llora, esto le está matando; tiene miedo y esa amarga sensación se retroalimenta a sí misma. Uno lucha mientras cree en la victoria, y pese a sus temores, las lágrimas vertidas demuestran que no se ha dado por vencido, que no ha impartido su última lección magistral, que aún le queda una obra de arte con la que cautivar al mundo. Toda esta competencia le hará más fuerte, conseguirá su último gran triunfo, y escribirá con su propia letra uno de los logros más grandes de la historia contemporánea, una historia con fecha de caducidad, ya que detrás, viene un ferrari tan ávido de triunfos que parece que romperá todos los registros. Un zurdo que al igual de Roger en su día, ha venido para quedarse, y que al igual que el coloso suizo, encontrará en sí mismo su máximo rival, ya que cada victoria incluye en sí un nuevo combate, y Rafa de tanto luchar, se convertirá en un gladiador que no entiende de superficies ni de rivales. Un chacal que ha empezado a morder la historia con voraz hambruna, y que no parará hasta dar alcance a su presa, el sueño de ser el más grande de la historia.


Lo versa una canción; los chicos no lloran, pero Federer está en su derecho; son lágrimas reales, que demuestran grandeza y nos recuerdan, que aún los que lo tienen todo, necesitan más. Un ejemplo de superación, ya que Federer llora lo que ha sabido defenderse como hombre, como leyenda


"La euforia del triunfo se desvanece, pero el orgullo de ser campeón perdura para siempre"

domingo, 1 de febrero de 2009

El Señor de los Anillos


Hubo un tiempo no muy lejano, en el que el mejor equipo del siglo XX dejaba constancia de su honorífico título a base de señorío y buen hacer; hubo un tiempo en el que los mejores jugadores se peleaban por vestir de blanco, por acudir a la Fábrica de la Castellana y hacer rugir a los 87.554 feligreses que con devoción demuestran su fe en el esfuerzo, en el espíritu y el tesón con absoluta puntualidad cada fin de semana. Hubo un tiempo en el que un presidente marcó el devenir de la historia del equipo de fútbol más influyente del mundo, cambiando a su paso la historia del deporte rey. Hubo un tiempo en el que las Copas en blanco y negro se siguieron de otras tres en color tras 32 años de sequía; pero hubo un tiempo en el que todo esto se perdió, la grandeza se difuminó, y el equipo majestuoso y señorial se quedó sin grandeza ni estrellas, sin respeto, sin esos valores que el dinero no puede comprar y que son los más valiosos.
Es difícil citar el germen del problema; Mendoza y Lorenzo Sanz siempre estuvieron perseguidos por un halo de nocturnidad y alevosía, de un toque de forofismo en cubierta que fue capaz de secundar a Octavas y Quintas del Buitre, a chilenas de Hugo Sánchez y a tijeras de McManaman, a aguanises de Raúl y a regates sobre la cal del antecesor del 7 de España.
Es difícil justificar la labor extradeportiva de Don José Ramón Calderón Ramos, el décimo octavo inquilino de la segunda Casa Blanca más cotizada del mundo. En su honor quedarán sus dos ligas de connotaciones opuestas; la de la épica de la remontada y la de la excelencia no tan sublime que trajo un halo disfrazado de superioridad que acabó con un record de puntos y con un paseíllo del eterno rival. También quedará la Supercopa contra el Valencia, que se ajustó a lo que han sido sus dos años y medio de mandato, remar y remar, luchar contra todo y contra todos, jugar en inferioridad numérica hasta alzar los brazos victoriosos. Pero lejos de esos tres títulos, lo que quedará será la dilapidación de una galaxia anclada en su propio ego, un perfume rancio de Channel que terminó marchitando el pasto de Don Santiago. Cerró tres años de sombras calladas con Gravessens y Pablos Garcías, tomando el testigo de un ser superior que cogió su bote salvavidas privado para no hacerse terrenal.
Ese mismo hombre que ha sido el principio del fin del palentino que durante un corto periodo ha cumplido su sueño y lo ha vivido despierto, debido en parte a que los inmensos frentes en los que se vio inmerso le impidieron un momento de relax. Y es que el Real Madrid, como instución y como empresa, como marca y como seña de identidad, es el caramelo más tentador para las altas esferas de la sociedad poderosa de un país. Políticos, empresarios y trovadores que manejan desde las sombras los hilos de un Club que ha pasado a ser una marioneta del negocio, de las recalificaciones y de esos valores ajeno a lo deportivo y que imperan en el actual mundo del deporte.
Hay muchas maneras de ascender una cima, pero tan solo hay una cima. Y es que el fin no justifica los medios, y Ramón Calderón se ha visto devorado con la misma máquina quitamiedos con la que azotaba las asambleas de compromisarios, con la que barrió el tufo de ese ser superior frio y calculador que eclipsó esa nova luminosa que él mismo se había inventado. No voy a ser yo quién justifique los errores de Calderón, que han sido muchos y variados en tan poco tiempo de mandato. Con esa pinta de forajido del Oeste, de mafioso de película italiana, con su versatilidad para recorrerse el mundo para aparecer en la foto, para dar vueltas de honor anticipadas, y sentir como propio un éxito que siempre se le ha negado y que él ansiaba tener. El Real Madrid son Zamora, Di Estefano, Buitres y Zidanes. Un elenco de estrellas, en el que personajes como Nanín o Bárcenas nunca debieron tener cabida, ni mucho menos protagonismo. Un club como el Madrid no puede hacer el ridículo con la normativa invernal de la Champions, ni entrar en disputa con un coloso inglés comandado por un senil Lord-Sir de dudable calidad ética y personal. El mejor club del siglo XX no puede quedar en evidencia intentando fichajes de relumbrón dando palos de ciego, ni se puede arrojar a la desesperada para recibir el No de jugadores menores. El Real Madrid parte con el hándicap de que le sube el precio de los fichajes por el simple hecho de llamar desde las oficinas de Concha Espina, pero ese encarecimiento tiene que compensarse por la gloria y el hambre de las estrellas que siempre han querido y querrán vestir de blanco y seguir agrandando la leyenda defendida por ese ramillete de privilegiados que se han enfundado la elástica blanca, y que la han paseado con dignidad por el mundo.
Ramón Calderón acabó desquiciado; nunca trabajó tranquilo, siempre tuvo una orquesta que tocaba desafinada la partitura para poner en duda la labor del director. Desde su carente de credibiliad victoria en unas elecciones al descubierto, ha sido un hombre puesto en duda. Una duda llegada desde altas estancias y secundada por una prensa corrompida por el poder que unos dan y otros quitan. Y es que a buen seguro, que ese ser superior que dejó el barco, que a buen seguro que retomará este verano como mesías apocalíptico viniendo de la mano con el venerado Zidane, que traerá de nuevo a magos y virtuosos para retomar la galaxia que él trató con dejadez y mimos mal repartidos, ha tenido mucho que ver en esa campaña orquestada y que ha quebrado el titanic que él tanto manifiesta querer. Calderón siempre se lo olía, y buscaba iceberg para evitar la colisión, intentaba dar golpes de timón para evitar su hecatombe, pero al final, ese barco llamado deseo se agrietó y el año ha terminado por inundar el nuevo buque de Boluda
Si saco algo de los acontecimientos que se han sucedido últimamente, es que la política es la madre de todas las batallas, y de que las grandes empresas son la base desgraciadamente de todo con lo que nos vanagloriamos. Los Aznar, Villalongas y Florentinos, son las muestras perfectas de lo que se ha convertido la sociedad actual. Unos magos en ocultarse en caretas para buscar su gloria personal, su prestigio y su dinero, poderoso caballero es ese, que motiva e incentiva a un diario “neutral” a buscar con ahínco una falsa en la Asamblea, que ha terminado por demostrar que detrás de la pompa del Bernabéu, detrás de las cuatro torres que la empresa de Florentino consiguió construir tras su paso por la Casa Blanca, se encontraba un tufo de mentira y soborno, de ultras y pucherazos. Marca lo descubrió porque ocurrió ( no justifico lo hecho por Calderón), pero me surgen dudas al ver si interés inusitado para que el sillón presidencial cambie de inquilino, para que las posaderas de un ser superior vuelvan a posarse en el trono que una vez dejó atrás. Un adelantado para los negocio venido a más, de indudable aptitudes intelectuales muy por encima de la medi y de mejores contactos que agrandó su aureola y status a su paso por Chamartín. Pero ahí los periodistas no jugaron a detectives, no comprobaron fotos ni contratos, no mandaron a sus sabuesos para rastrear el olor a salchicha que cualquier perro callejero hubiera sido capaz de percatar. Me temo el motivo de esa falta de atención, de ese despiste generalizado que hace que la vida de algunos sea un camino de rosas sin espinas, y que en el otro lado del terreno, convierten la existencia de los no eruditos en un campo de minas al estilo Afganistán

Que Dios nos pille confesados, porque más de uno tendrá que pasar por el confesionario. Críticos y detractores; peones, albañiles y arquitectos afanados en destruir a un Imperio. Pero el Real Madrid volverá a reinar: todo lo que no le mata le hace más fuerte

Descanse en paz, Don José Ramón Calderón Ramos