Rodando

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martes, 3 de noviembre de 2009

Pellegrini en el punto de mira

Falta exactamente una hora y 15 minutos para que el Real Madrid salga a uno de esos coliseos vetados a modo de terreno de juego, uno de los pocos estadios en los que el conjunto madridista no ha conseguido nunca imponer su hegemonía en partido oficial. Uno de esos partidos grandes entre dos leyendas lejos de la pomposidad con la que años atrás deslumbraran al mundo. Un Milán-Real Madrid donde velado por las 16 Copas de Europa que entre los dos albergan en sus vitrinas, es demasiado argumento futbolístico para seguir un partido que en su primera contienda decepcionó a propios y extraños.

Una noche europea de las grandes que sin embargo se eclipsa por un continuo (y bajo mi entender) absurdo debate ante el eterno match ball en el que parece vivir Pellegrini, un técnico sin nombre ni cuna, que ha ido labrando un sueño que parece poder convertirse en pesadilla en la Fábrica de la Castellana. Y es que el rumor circula por radio, prensa y televisiones: las altas esferas madridistas parecen haber puesto cerco a su cabeza, y todo indica que estarían dispuestos a sacrificar a un entrenador que está lejos de decir su última palabra.

No hay nada más nocivo que la desinformación o una información malintencionada. Pellegrini era el elegido, el ingeniero, la figura silenciosa que sería el mimbre para la nueva galaxia, la persona más indicada y cualificada como ya había demostrado con un submarino amarillo que paseó con tanta dignidad por Europa y en la competición doméstica, donde se creyó un David capaz de tumbar a los eternos y multimillonarios Golliats. Tras la más convulsa época madridista con los nanines y calderones de turno, todo hacía indicar que el club encontraría sosiego en la larguirucha figura de un chileno, tan elegante como educado, una de esas personas que domina los tempos y sabe encontrar muchas veces en el silencio la mejor de las respuestas. Apoyado por el elenco de futbolistas que se presentaron este verano con pomposidad de jefes de estados, el bueno de Pellegrini se subía a un tren en marcha con visas de ser un transatlántico.


Pero han hecho falta nada más que cuatro meses para que los viejos carroñeros que merodean la capital busquen carne fresca, en esa máquina trituradora de técnicos en la que parece haberse convertido el Real Madrid. Una derrota previsible en un hervidero como es Nervión, ante un gran equipo que además rindió hipermotivado, y el dejarse llevar ante un raquítico Milán que fue capaz de contagiar sus carencias fueron suficientes argumentos para crucificar a un técnico que contaba todos sus partidos por victorias hasta la fecha. Dos pruebas de fuego erradas que gracias a la corriente derrotista que se ha formado han hecho que algo huela a podrido desde las altas esferas del club. Tras el rum rum, vino el anodino empate en Gijón y el descalabro titulado como “el mayor ridículo de la historia madridista” por un Alcorcón que sacó los colores con cuatro goles que hacían desangrar la credibilidad de un proyecto que parece desmoronarse ante el primer obstáculo en el camino.


¿Pero realmente Pellegrini tiene la culpa? Se dice, se cuenta, que un equipo juega como entrena, pero sinceramente no me creo que el Madrid entrene andando como lo hizo ante el Milán, donde no sólo faltó tensión, sino también ilusión por unos jugadores que sin ganar nada parecen haber caído en la comodidad. Porque por mucho que se intente culparlo, Pellegrini no tiene nada que ver con lo sucedido en Alcorcón, con todos los respetos hacia un club modesto que demostró las miserias de una plantilla aburguesada y acomodada. Porque con un equipo repleto de internacionales, y aunque los jugadores permutaran sus posiciones, el resultado tenía que haber sido otro. Pienso que con Raúl de portero y Dudek de delantero centro, el Madrid debería seguir ganando un partido en el que un club como el merengue no tiene nada que ganar, pero mucho que perder, sobre todo un prestigio que se vio mancillado ante la escasa vergüenza torera de una plantilla que ante el primer tropiezo parece bajar los brazos.

Pellegrini pareció salvar su primera bola de partido echando mano de la épica tras jugar una hora en inferioridad numérica contra un Getafe que ejerció de hermano pequeño y acomplejado, auspiciado de nuevo por un salvador Higuaín que sigue forjando una leyenda de jugador llamado a ser grande. Se puede ganar un partido salvando metas, pero es imposible cruzarla con éxito si se vive en una ruleta rusa como parece estar la cabeza de un Pellegrini que ve como se encargan de dilapidar una credibilidad partido a partido, desde cualquier frente: decisiones técnicas, necesarias rotaciones que han servido para llenar horas y horas de debates… cualquier excusa es buena para cargar ríos de tinta. He leído desde “¿cuándo rotará Pellegrini?”, a un categórico “Vete ya”, sentencias demasiado fuertes para un entrenador que ha demostrado y con creces, que si le dan tiempo, es capaz de armar grandes equipos.

Tiempo, precisamente lo primero que se veta en el Club madridista, por una prensa acomplejada por el abrumador y preciosista fútbol del eterno rival que sigue enamorando a propios y extraños, un equipo que lleva décadas sabiendo a qué juega, manteniendo un organigrama, un esquema y un concepto de juego que al final termina dando sus frutos, gracias a un tiempo que parece no ser de un Pellegrini abrumado por las prisas, una prensa y algún alto dirigente que parecen esperar en un segundo plano tomar las riendas de una situación, que bajo las órdenes de el ingeniero, seguro estarán en buenas manos.


jueves, 22 de octubre de 2009

El adiós a Andrés Montes, o por qué todos los jugones sonríen igual



Hubo un tiempo en que el deporte rey en España era lacio, anodino, plano. Una monotonía tan sólo alterada en la voz rasgada de Ángel de la Casa con el gol de Señor ante Malta, en aquel cabezazo de Hierro que nos ponía rumbo a EEUU o en el chut magistral de un mucho mejor defensa que entrenador Koeman que le daba al FC Barcelona su primera Copa de Europa.
Y es no hace tanto que la mayoría de los aficionados alternaban la imagen de la Televisión con las retransmisiones de la radio, mucho más desenfrenadas, espontáneas, menos enconsertadas en los tópicos tan empleados por los comentaristas de la pantalla grande de la época que echaban mano del recurso fácil, del fútbol es así y del fútbol es fútbol

Mientras todo seguía su curso, un hombre (vestido un caballero, desnudo un chimpancé como él mismo se definía) irrumpía más allá del charco, en el curso baloncestístico de las madrugadas de la NBA. Una de esas personas que no deja indiferente a nadie, deleitaba a un público de culto que trasnochaba por el sueño americano, que vio los primeros pasos de ET, los vuelos de Aerolíneas Jordan, la progresión de Robin Hood Nowitky y compañía, todo combinado con los ratata de turno, los pinchos de merluza, con los jugones y demás ticks que hacían de este elocuente comentarista un artista del micrófono.

Querido y odiado en similares proporciones, Andrés Montes entraba en todos nuestros hogares tras un meritorio y exitoso paso por medios menores, como la Cope, Radio Marca o Canal+. La Sexta lo fichaba como hombre fetiche, como imagen de la casa para unirse a el elenco de rostros bellos de una cadena que buscaba en Montes a la Pilar Rubio del deporte. Con su inseparable pajarita, con un fondo de armario digno del mundo circense, con ese eterno moreno, esa cabeza perlada, con esos sombreros con los que nos sorprendía en los sábados de invierno, Montes se había convertido en un monstruo de la comunicación, capaz de convertir sus expresiones tan típicas en algo nacional, en un vocabulario de la calle. Ya no se habla de Puyol, de Calderón, de Van Persie… ahora son Tiburón, Mr Catering, Persianas Van Persie. Un hombre que creo en torno a su figura, a su forma de ser una nueva religión con muchos fervientes seguidores que se agolpaban en el televisor para ver la etapa más gloriosa de la Selección de Baloncesto, que vieron como la España futbolística se volvió a topar con la dura realidad que le acompañaba en Eurocopas y Mundiales hasta la última gran cita de Austria. Seguidores que cancelaban planes para degustar sus gags los sábados por la noche, en algún que otro partido infumable en el que él tan bien sabía zafarse, desviar la atención y entretener, el fin supremo para un periodista deportivo.



Sus detractores, un ejército de carroñeros que veían en Montes a una amenaza para el neoclasicismo deportivo, lo achacaban de sus lagunas de conocimiento, de no entender de fútbol, de repetitivo. No entendían como era incapaz de encontrar las llaves, cómo no se cansaba de ver el fútbol con fatatas, como no se quedaba ronco con tanto ratatatatata. Y es que la envidia es proporcional al talento que una persona es capaz de desplegar. Más que un simple comentarista, Montes demostró ser un comunicador sin igual, un showman camaleónico capaz de entretener en partidos infumables, de no dejar que la gente se durmiera en las madrugadas baloncestísticas de Canal +, en ser juez y parte del buen ambiente que tanta gloria a dado de la mano de los Gasol, Navarro, Espartaco y compañía. Un animal, un profesional, de los pies a esa cabeza pelada que lo identificaba entre todo un estadio.

Lo inesperado es lo que cambia el rumbo de nuestras vidas. Tras apabullar España a Serbia en la reciente final del Eurobasket, Andrés Montes decía un adiós del que nadie sospechaba que se fuera a convertir en un hasta siempre. Montes se despedía momentáneamente de la gran pantalla sin previo aviso, sin pedir explicaciones, como había sido el resto de su vida. Un famoso del que poco o nada se sabía, y que incluso, en el momento de su trágica despedida lo hizo con la rotundidad de sus expresiones pero con la serenidad con la que había encauzado su vida íntima y profesional.



El destino de los grandes hombres parece ser no ver cumplidos sus grandes sueños. Un infarto sesgaba la vida de uno de los grandes, de esas personas que aparecen para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Un trágico final con más luces que sombras, que ha dado y dará lugar a especulaciones, pero desde aquí, rindo pleitesías a ese genio llamado Andrés Montes que se fue en la noche de un sábado 17 de Octubre, dejándonos su mejor lección. Y es que con personas como él, cierto es que…


¡la vida puede ser maravillosa!


lunes, 28 de septiembre de 2009

viernes, 4 de septiembre de 2009

Superproducciones Pérez

Permítanme comenzar esta entrada parafraseando una de esas poesías hechas canciones del maestro Joaquín Sabina:

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los pagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra

Esta entrada tiene un comienzo que se aleja de los cánones de lo ortodoxo. Hay gente, amigos, lectores, que me tachan de subirme continuamente en marcha del tren que más veloz recorre los páramos de hierro. Quizás (seguro), que tengan razón, pero también es cierto ese refrán que versa aquello de que de bien nacidos es ser agradecidos. Uno sólo puede avanzar reconociendo sus errores, y yo, desde aquí, purgo los míos a modo de puñal literario con fecha de 1 de Febrero de este 2009, en la que aprovechaba el adiós de la Casa blanca de Ramón Calderón, para criticar a un antecesor, al que ahora, recibo como agua de mayo, agradeciendo más que el equipo que ha armado, el ser capaz de poner cordura donde antes tan sólo había caos, en ese territorio donde Atila parecía ser su dueño, donde el blanco se hizo negro, y donde un monstruo llamado Real Madrid navegaba a la deriva a la espera de ese marinero curtido en muchas horas a bordo de su Pitina, para reflotar un Titanic llamado a perderse en la profundidad del océano.

Florentino Pérez Rodríguez ha vuelto a su casa, de la que nunca debió salir, pero de la que se vio precipitado tras problemas varios de las que afortunadamente el tiempo y el tesón de su mujer han conseguido solucionar. Muchos han sido los llamados a ser sucesores de Santiago Bernabéu, pero parece ser que el vigésimo sexto inquilino es el elegido, el hombre que hace oro todo lo que toca, que sabe poner música a un equipo, a un amor, que aflora los sentimientos de una masa social que se estremece ante el grito desgarrado de Paco Mercé en ese himno del Centenario que es santo y seña para el madridismo. El hombre de los mil apodos está de vuelta: engreído, prepotente, déspota… Florentino quizás sea un poco de todo eso, pero sobre todo es mucho más. Un hombre que se ha hecho a sí mismo, un ser llamado superior, con una inteligencia rapaz que le hace surcar los cielos con la clarividencia de los Dioses, un hombre que pese al Imperio que ha construido, sabe quién es, de dónde viene, y sobre todo, hacia donde quiere ir; un caballero de los que ya no quedan, que levanta tantas críticas como admiraciones. La envidia es la religión de los mediocres, y seguro que el bueno de Florentino tiene un buen séquito de fieles detractores, que esperan agazapados, como lobos a que su presa haga un alto en el camino para empezar a hincar sus dientes afilados.

El día que retomaba sus labores, y acompañado por su equipo de sabios filósofos que tienen en Valdano su máximo exponente de sapiencia, se anunció una superproducción de la que muchos dudábamos. Dudas que se podían explicar desde varios frentes: por un lado la inercia pesimista en la que el madridismo se encontraba anclado tras varios años paseando sus miserias por Europa; por otro lado, eclipsados ante la larga sombra que proyectaba el triplete del eterno rival; y también, y no conviene olvidarlo, por la época de crisis económica global en la que el mundo se encuentra inmerso, en un marco no demasiado propicio para el proyecto faraónico que necesitaba el Real Madrid para lavar una cara sonrojada ante tanto pitorreo, mentiras, y dimes y diretes. Pero Florentino, ese malabarista de los números, ese Cum Laudem de las finanzas, ese líder callado, se vistió de corto y calculadora en mano empezó a edificar los cimientos de un proyecto condenado a convertirse en Octava Maravilla del Mundo.

Acostumbrados a la mediocridad que desfilaba cada domingo por el Bernabéu, esa clase media que jugaba siempre al límite para tapar las carencias de una plantilla mal confeccionada y carente del calidad, ante las eternas promesas de nombres y hombres, de los Kaka y Cesc de turno, la masa merengue había dejado de creer, de ilusionarse… Demasiadas promesas incumplidas, muchas verdades a medias, excesivos desengaños para una afición acostumbrada al caviar de una época galáctica reciente en la que el nuevo Chamartín de la Castellana era la pasarela futbolística de referencia gracias a los Zidane, Ronaldo y Figo de turno. Los focos habían dado la espalda, pero Florentino ha conseguido cambiar la dinámica de los últimos años, esa lacra de pérdida de identidad, la cual ha sabido recuperar en tan sólo un mes de mandato. Ni las estrellas traídas, ni el buen hacer de los que quedan, ni un ingeniero en el banquillo aseguran un éxito con visos de producirse, pero sin duda, el mayor logro del nuevo Obama madridista ha sido recuperar la ilusión de una masa resignada al duro presente que le estaba tocando vivir.

252 millones de Euros son una coartada suficiente para algunos para criticar y quitar el mérito a esa junta de Gobierno que ha tomado el mando. Se han levantado voces que jamás debieron opinar, muchas y diversas versiones de gente inesperada, como ese clero catalán que se rasgó las vestiduras tras el fichaje de Cristiano Ronaldo, pero que hizo fumata blanca con su silencio tras el importante desembolso por el bueno de Zlatan.



Parece que Florentino vive ajeno a la realidad recesiva que nos castiga a todos, pero más lejos de la realidad. Como patrón modélico de ese titán de la ingeniería que es ACS, Florentino ha desembolsado para luego hacer caja. Lejos de malgastar millones, de despilfarrar cuantías abusivas en sospechosas comisiones, los fichajes de esta temporada son un canto de sirena, un cebo para atraer a una economía aletargada. El dinero mueve al dinero, y Florentino ha vuelto a demostrar que en lo referente a las finanzas no tiene rival. Muchos se alarman, otros tantos dudan de la viabilidad de un Club como el Madrid al que se pone en duda que pueda hacer frente a este desmesurado gasto, pero yo, mientras los cálculos vengan de donde vienen, no cuestionaré cantidades, no pondré en tela de juicio unos pasos que son meditados y que no dejan lugar a la improvisación.

La nueva galaxia vuelve a tomar Madrid, para hacer frente a ese equipo de leyenda insaciable e incansable que sigue llenando su vitrina ganando todo lo que disputa. De nuevo habrá estrella principal a lomos de un evangélico Kaka que parece predicar el buen fútbol que derrocha. Que tendrá de nuevo en la banda derecha al jugador mediático por excelencia, tan guapo como buen jugador, que no cesará en su labor de disputarle a Messi el honor de ser el mejor jugador del mundo. Que tendrá en Xabi Alonso el director de la orquesta montada con los mejores instrumentistas; que con Benzema se tendrá al delantero total del futuro, que crecerá siguiendo los consejos del eterno capitán y alentado por esa competencia sana que hará esa estrella bendecida por los astros que es Higuaín. Un equipo armado defensivamente por sangre ibérica tras las incorporaciones de Albiol y Arbeloa, que tendrán su motor con el renacer de un Sergio Ramos que debe de dar de una vez por todas un paso al frente y recoger el testigo de Fernando Hierro, que tendrá en Pepe a un padre protector que a modo de coberturas pondrá paz donde antes tan sólo había angustia. Un conjunto en la que un Lass llamado a ser un actor secundario tendrá una importancia capital, ya que será el hombre que oxigene la medular blanca.

Un sueño llamado Real Madrid que para producirse se ha cobrado unas víctimas con piel de cordero, en los nombres de Robben y Sneijder, grandísimos jugadores que tan sólo han conseguido brillar por rachas. Jugadores capaces pero prescindibles ante lo ofrecido en los últimos dos largos años, en los que dejan la impresión de poder haber dado más de lo ofrecido. Salidas que han levantado ampollas y alzado voces, pero que eran necesarias para que el equilibrio económico cuadrara, ya que para el deportivo, a buen seguro que Pellegrini hará de un domador de egos y fieras, para hacer de este equipo, una escuadra de leyenda que hace que esa nube negra que se encontraba instalada sobre el Estadio Santiago Bernabéu se vaya para no volver.



Nunca se da tanto como cuando se da esperanza, ese brío color verde que se ha instalada en los ojos de unos aficionados que ya ven el futuro con otra mirada, gracias en parte a ese ser superior que es Florentino.

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los pagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra




jueves, 13 de agosto de 2009

Daniel Jarque González


El corazón tiene motivos que la razón no entiende. Toda una vida forjando un sueño en post de un balón, no ha impedido que las fábulas de un joven deportista se hicieran añicos. Dicen que las pesadillas pueden ser hermosas porque acaban en el momento en que se abren los ojos a la realidad, pero cuando esa realidad es cruda y hostil, inesperada y fugaz, esa esperanza que da el comprobar que todo lo vivido no era más que una presa de ese mundo onírico que nos envuelve, el dolor se hace latente y empieza a ser el motor de nuestros actos.

Daniel Jarque González (Dani Jarque para los amantes de ese deporte Rey que mueve a toda una sociedad), no es más que un número más en esa lista de desamparados para los que la vida no tiene preparada una segunda oportunidad. Esa vida cruel que siempre termina matándonos, no hace distinciones, no entiende de razas, de élites ni de edades, es feroz como ella sola, y su hambre voraz hace que el resto de afortunados que tenemos el privilegio de vivir cada día el primer día del resto de nuestras vidas, nos replanteemos las trivialidades que nos tienen inmersos en problemas y desesperanza. Todos los días un buen número de jóvenes entran en ese descanso eterno, desangrando sus esperanzas y sueños de futuro inmersos en lo inesperado de la fatídica visita. Desde que el mundo es mundo, así ha sido y así será, es una realidad que nos acompaña y de la que parecemos empeñados en darle la espalda, una verdad latente que pese a ello, no podemos comprenderla. ¿Por qué todos los días un buen número de Dani Jarques, de Antonio Puertas,… dejan este mundo sin la oportunidad de dar su opinión?

Dani Jarque era un hombre silencioso, de esos que aparece sin hacer ruido; su eclosión en el mundo del fútbol ha sido lenta pero segura, consumiendo cada etapa de una vida intensa a la par que efímera, degustando cada paso, cada logro, cada meta, como si supiera el destino que le esperaba al doblar esa fatídica esquina llamada melancolía. Jarque tenía prisa por conocer este mundo, y en 1983 no aguantó ni un día para irrumpir en él. Su infancia se forjó en el seno de una familia perica que lo acogió como a un hijo pródigo, desde que a los 12 años decidiera probar suerte con el filiar del patito feo de la Ciudad Condal. Con 19 años, un púber Dani Jarque tomaba la alternativa en Primera División con el equipo de toda su vida, ante el Decano del fútbol español, una efeméride que tras su pérdida parece ganar importancia. Jarque ha sido siempre esa eterna promesa, un ejemplo para los menores. Un hombre de profundos valores y fuertes convicciones, que le han hecho erigirse como el capitán de una masa social que sueña en azul y blanco, el elegido para portar el brazalete de la señera en el estreno de un Estadio, el de Cornellá, que parecía estar esperando a que su hijo póstumo fuera el protagonista de los flashes iniciales, cuando escoltado por Gerrard inauguraba el nuevo sueño del españolismo, 6 días antes de un final que aún no estaba escrito y que nadie era capaz de imaginar.



Como futbolista conoció de primera mano la gloria del triunfo con la Copa del Rey en 2006 ante el Zaragoza, pero también dio de bruces con la amarga miel de la derrota, en aquella épica final de la Copa de la Uefa en Glasgow ante el Sevilla del también malogrado Puerta, en uno de esos partidos que son una antología del fútbol, en los que por desgracia uno de los contendientes tiene que perder.



El 8 de Agosto, todos fuimos Jarque por unos momentos. A un chaval joven, deportista, sano, experto en zafarse en arduos duelos con los mejores pistoleros de la Liga y en el pleno esplendor que suponían sus 26 años, se le escapaba la vida mientras hablaba con su novia (paradojas de la vida embarazada de 8 meses). Sin avisar, como era lo típico en el bueno de Jarque, su hipertrofiado corazón forjado a base de esfuerzo y sacrificio, dijo misteriosamente basta. Una asistolia no desfibrilable sesgaba la vida de un joven mientras en el descanso del guerrero en Coverciano, Italia, siendo inútiles los esfuerzos de un equipo médico que se volcó en reanimar al bueno de Jarque.


Religión y ciencia son polos opuestos que a veces se dan la mano ¿Quién responde a esta repentina e inexplicable muerte? ¿Quién es el responsable? ¿Una Medicina que vela por el bien de los deportistas, que pasa continuos chequeos médicos y que con sus avances intenta captar enfermedades en estadío presintomático? ¿O el capricho de un malvado destino que se burla de la lógica del ciclo vital? Un poco de Ciencia aleja de Dios, pero mucha Ciencia devuelve a él. Está claro que algo está fallando en el sobresaturado marco del deporte actual: Foé, Feher, Puerta… son algunos de los nombres que forman una lista negra en la que nunca debieron aparecer. Jóvenes deportistas, dueños de un mundo que creían suyo, que perdieron la vida en directo, en ese tapete verde que es un campo de fútbol. Misterios que tienen que ser un estímulo para que la Ciencia avance hacia el progreso. Todo progreso comienza tras una pregunta: ¿Por qué? Esa es la incógnita que médicos y científicos deben (o debemos) responder; un esfuerzo que debe de ser secundado por el millonario mundo del deporte, que debe de prestar medios físicos y económicos para el avance, y no gastar tan sólo en rutilantes estrellas que hacen olvidar ausencias como la de este perico que siempre será recordado en la cima de esa montaña mágica que es Montjuic. Se hablan de estudios genéticos como la solución a un problema desalentador del que esperamos, el bueno de Daniel Jarque González, sea el último integrante. Sea como fuere, gatear es el primer paso hacia aprender a caminar. Que esta pérdida no haya sido en balde…


D.E.P Jarque



"El tiempo siempre nos gana la partida, la pregunta es, ¿cuándo?"

miércoles, 24 de junio de 2009

Una de Esclavos


Antes de empezar a escribir, valga por delante que aunque lo parezca no quiero emprender una encrucijada barata y demagoga ante nadie en particular, y mucho menos ante el protagonista de la historia, un David Villa al que admiro casi tanto como jugador que como persona, un ser humano de gran calado y humanidad que le hace más grande al ser quién es, un valor en auge que emana una gran personalidad con la misma facilidad que con la que perfora las porterías rivales.

Estamos en plena convulsión Guaje, un maremoto mediático que no entiende de kilómetros ni de Copas Confederaciones, que no se alivia con un nuevo trofeo que ya vislumbra entre trompetas y bailes sudafricanos. Es el turno de Villa, por su cercanía y por la orquesta mediática que se está montando y que se afana para tocar una nueva partitura de derechos y obligaciones, pero es el viejo cuento de la lechera: donde digo Villa, digo Diego, y entiéndanse por Diego los Makelele de turno, esos jugadores que recurren a un conato de ansiedad forzado con calzador, a un quiero y no puedo, a una rabieta típica de la infancia y que retrata la vida tan fácil que llevan; de esos Robinho que lloran al verse acorralados, que afilan unas uñas que ni mucho menos están labradas en jornada de sol a sol, por una vida dura de la que ellos tanto se alejan.

Sé que mi discurso cae en los vicios fáciles. Soy consciente que puede parecer sensacionalista, y de hecho creo que así es, que lo fácil es ser un demagogo idealista y hacer bandera de la dignidad y el valor de los contratos. Por una vez creo que caigo en esa lacra que desvirtúa lo que se dice, o al menos, creo caer con ganas de ello. Pero también creo que no es justo desenfocar la realidad, ya que un privilegiado no puede ser un mártil por tener piedras en un camino sin esas espinas que endurecen el devenir de la vida.

Esa sabiduría del pueblo llano que se hereda del boca a boca entre generaciones y que es el saber de un pueblo, nos deja una colección de perlas en todos y cada uno de los refranes. Uno de ellos dice eso de que quién no llora no mama. Un pueblo no puede estar equivocado, pero llevar lo general a lo particular, puede desvirtuar el concepto que defiende.

Cuando se tiene todo, uno solo puede aspirar a la perfección, y cuando una alcanza ese sublime peldaño, uno siente ese vacío divino que siempre te hará buscar más, ansiar lo que se te niega, lo que te esquiva. Es lícito que un futbolista, un obrero del balón, un simple payaso de ese gran circo mediático llamado fútbol, deseé ascender y llegar a las más altas cotas de la élite en la que se encuentran instalados y desde la que contemplan el mundo con una visión desvirtuada. Es lícito dejarte seducir por los cantos de sirena del poder, del dinero, del éxito y la fama; y es que es tan lícito como entendible. A fin de cuentas son trabajadores (como servidor), aunque sobrevalorados por una sociedad que los idolatra y venera rayando en ocasiones una enfermiza obsesión, con la salvedad de que su vida profesional tiene una fecha de caducidad anticipada que se data cuando el dolor se hace insoportable, cuando se cansan de bregar en post de un balón, cuando les es imposible seguir el ímpetu de una juventud cada vez más preparada; una efímera carrera que en contraposición está más que bien pagada.

Querer mejorar es un signo de inteligencia, de inconformismo; es el paso previo a la maduración como persona, a la reflexión interna, a la superación. Pero toda metamorfosis interna requiera un toque de cordura, para que ese buque llamado superación no quede en manos del viento, llevado hacia la deriva. Uno antes que nada tiene que ser coherente; no se puede firmar un contrato multimillonario, y a los meses entrar en un proceso autolítico para forzar una salida del Club que tan bien te ha estado dando de comer gracias a un contrato que se firmó sin coacciones ni imposiciones. Una depresión ficticia que es un insulto para esa sociedad que los quiere, para esos trabajadores sin empleo, sin paro y con deudas y familia que mantener; ante esos compañeros de profesión de Divisiones olvidadas que se encierran en vestuarios, que hacen protestas y plantes, que se prostituyen con calendarios de medio pelo para intentar encontrar soluciones a una falta de cobros que los ahoga, oprimiendo el sueño de toda una vida de ser futbolista.

Cuando dos intereses antagónicos se enfrentan, la colisión deja tras de sí un halo de destrucción de dimensiones mayúsculas. El egoísmo del futbolista se enfrenta con la codicia de unos Clubes de fútbol que ven en sus jugadores unos esclavos contemporáneos, la gallina de los huevos de oro, un buen puñado de euros para paliar deudas y asfixia, el camino fácil, una subasta al mejor postor sin escuchar en la mayoría de las ocasiones a esos hombres que son a fin de cuentas los que con sus goles, con su esfuerzo y sacrificio, hacen grande a un equipo, los que enorgullecen a una afición, los que generan un dinero del que todos se benefician y del que todos quieren hacerse dueño. El eterno debate, que al final deja, entre unos y otros la casa sin barrer.

Una historia con culpables, víctimas y cadáveres que se quedan por el camino, pero donde los mártires no tienen cabida, donde no hay esclavos, y sino que se lo pregunten a esos fundadores del blues, a esos esclavos afroamericanos que labraban de sol a sol, unas tierras en busca de un algodón con el que eran moneda de cambio, un cultivo que tenía más valor que su propia vida.

miércoles, 17 de junio de 2009

El PauWER de Pau


Los sueños están para hacerlos realidad; las metas, para ser cruzadas, los techos para ser superados, y las cumbres para ser coronadas. Pau Gasol Sáez es uno de esos ejemplos doctrinales que sirven para encumbrar y catalogar al esfuerzo y tenacidad en arte, en la máxima y más sublime expresión que puede alcanzar el ser humano, capaz de emocionar a toda una generación, de hacernos partícipes de su éxito y de anclarlos a un televisor en plena madrugada, sin que haya océanos y mares que con su inmensidad, consigan aplacar los éxitos de un hombre que se ha hecho a sí mismo, que un día hizo la maleta en busca de una meta utópica e imposible para el resto de humanos, pero no para un niño que soñó con hacerse hombre, con un hombre que soñó con ser alguien, en alguien que ya es leyenda.

Pau no nació para ser un héroe. No fue llamado para pertenecer a esa élite onírica que espera que el sueño americano consiga arrastrarle en ese caudal que lleva consigo éxito, fama, dinero… No hay enemigo más grande que uno mismo, y pese al rival de entidad y altura que es esa eterna sombra que proyecta el bueno de Pau, consiguió romper la barrera de la lógica, que nos ata en nuestros complejos y nos amarra al conformismo. No podemos conocer nuestros límites sino tratamos de superarlos, y hace ya ocho años, todo un país, vimos como un espigado y púber Gasol partía hacia las Américas, donde no le esperaban, para demostrarle al mundo entero que no hay más límites que los que uno se impone.

Hoy los flashes disparan su halo de pomposidad, las portadas lo encumbran, los premios a modo de anillo empiezan a pulular en torno a los 2,15 metros de ese gigante que se pasea por el Olimpo de los Dioses con la naturalidad y la humildad de quién sabe en todo momento quién es y de donde viene. Barcelona siempre será su casa, Memphis la ciudad que le vio crecer, y Los Ángeles, ese marco cinematográfico idílico para firmar una de las gestas más importantes de los anales del deporte español; pero pese a los viajes, los pabellones que le vitorean, pese a los rivales que lo sufren, la historia de Pau empezó en Sant Boi de Llobregat, en un lejano 6 de Julio, donde ese mito que se oculta bajo esa barba hirsuta que intenta tapar su timidez, consiguió sin duda el mayor logro: conseguir aprender el sentido de una vida que no se limita al deporte, a la competición, a las canastas ni a la fama. El mejor partido de Pau fue hacerse a sí mismo, conseguir captar de unos orgullosos padres, los valores de una vida que le hacen parecerse al resto de los mortales, capaz de emocionarse y llorar desde un banquillo mientras ve como un grupo de amigos consigue finalizar un logro que estaba esperando a que con su juego en la pintura rubricara una nueva gesta del deporte español que vive anclado en una época dorada que no puede minimizar las victorias conseguidas. Tokyo lo coronó como el emperador del Sol Naciente, como un líder que supo aceptar en el día más importante de su vida, un cambio de guión en el que pasó de ser el actor principal a ser un mero figurante, que muletas en mano, fue el padre de una victoria que se forjó en su memoria, en esa fractura que le impedía tirar de un carro que gracias a su forma de ser, estuvo lo suficientemente engranado para bajar a los griegos de su Olimpo. Una lesión que no le impidió ser campeón del mundo, ni mejor jugador del torneo. Premios y más premios que esperan a los grandes, que los encumbran y que dejan grabada la impronta que los convertirá en leyenda.

El malogrado Fernando Martín abrió el camino hacia el imposible. El hombre ya había pisado la Luna, pero la NBA era un territorio vedado, un páramo que parecía aún más lejano que el vecino planeta. Pero fue Pau quien recogió el testigo que le entregaba desde esa lúgubre y fúnebre cuneta que le sesgó la vida a ese padre espiritual del baloncesto español que lució con orgullo el virginal 10 de los Portland. Cuando los Atlanta Hawks elegían al número 3 del Draft del 2001, Gasol no era más que un espigado soñador. Con una chaqueta que parecía prestada y una gorra cómica subía a un estrado que le esperaba con expectativas pero sin muchas esperanzas. Gasol lo había ganado ya todo en España; con su FC Barcelona había empezado a hacerse respetar, y en un año mágico, pese a su juventud y falta de corpulencia, consiguió erigirse en la figura de un campeonato en ciernes donde se codea la élite europea, con títulos colectivos y los galardones individuales de MVP de la Liga Regular y de la Copa del Rey. Era el momento de hacer camino, de buscar nuevas metas para forjarse a base de cornadas. Si luchas puedes perder, pero si no lo haces estás perdido. Gasol tenía la estabilidad que le daba el equipo en el que se formó y en el que ya era una estrella, pero decidió esa ruleta rusa que es la NBA que devora sueños y estanca carreras. La cuna de Elvis Presley contempló la metamorfosis del niño Gasol en ese hombre de amplias espaldas y pétreos bíceps conseguidos en horas y horas de gimnasio, en ese continuo afán de superación que es la vida del mayor de los Gasol.


El 4 de España ha evidenció un crecimiento resplandeciente que se ha visto coronado en la madrugada del pasado lunes, donde una vez más, conseguía quitar hojas de ese calendario de los retos imposibles: ya lo había hecho antes, siendo el primer español en ser elegido para jugar un All-Star Game (Houston 2006), en superar una ronda de playoffs, de entrar en el quinteto ideal de la NBA y en última estancia, aunque seguro que no será la última, en conseguir un campeonato de la NBA. Gasol lo ha ganado todo, ni en el mejor de sus sueños se hubiera imaginado alcanzar lo alcanzado, pero a buen seguro que el insaciable Pow conseguirá nuevas barreras que derribar, nuevas marcas que pulverizar, nuevos retos para saciar un hambre atroz de gloria y superación. Ya rozó el oro olímpico, y su sombra ha sido fundamental para que la industria americana, tan ocupada en mirarse su propio ombligo, sea capaz de alzar la vista y ver en los Rudy, Marc, Ricky y demás valores en ciernes, las estrellas de un futuro que será posible gracias a los pasos dados por el pionero, por ese valedor que ha sido el pilar básico para que el comandante Kobe Bryant pusiera en órbita a esa nave angelina y llevara a la gloria a la tripulación que cada día de partido abarrota el Staples Center.


Gasol por fin es el señor de los anillos, y en su dorso lucirá el World Champion con el que se distinguen a los campeones. Gracias a sus logros, América y los americanos ya sabrán situar en el mapa a España, un país que debe reconocer a sus héroes; es el momento de Gasol y su anillo, de su premio Príncipe de Asturias, del reconocimiento de la gente a la que él defiende con tanto sacrificio cada vez que bota un balón, que le hace a ganar campeonatos y dejarse el pie por una bandera que gracias a él ondea con más fuerza.

No es grande aquel que no falla nunca, sino el que no se da jamás por vencido; y Pau no ha tirado jamás la toalla; nunca se resignó al destino que le esperaba en unos Grizzlies acomplejados por sus limitaciones, nunca se achicó ante las provocaciones, ni se dejó pisotear ni abusar por estrellas ya formadas y respetadas (cómo olvidar aquel mate in the face a Kevin Garnett). Pau ha tenido que aguantar etiquetas y sambenitos de una prensa americana que le acusaba de blando, que intentaba negarse a ver una realidad que ya es imposible de ocultar, y no es otra de que un jugador llamado Pau y venido de lejos, que no luce tatuajes ni ropas extravagantes, que no se decora con ostentosas joyas ni canta rap, ha sido el complemento necesario para que unos Ángeles Lakers erráticos volvieran a encontrar su lugar, y se conviertan de nuevo en el mejor equipo del mundo, en ese espejo en el que deben mirarse el resto de mortales. La envidia es la religión de los mediocres, y Pau ha sido el centro de unas críticas injustas, de unas sospechas eternas que por fin se han disipado ante esa grandeza tan acorde con su cuerpo.

Si hay algo que supere la belleza de un sueño, es la belleza de un recuerdo. Gracias a Gasol, hoy todo un país sueña en amarillo, el del anillo de oro y el de la elástica angelina. Pero los sueños, sueños son, y al final, lo que nos quedará, es el privilegio de haber sido testigos de un logro, que hará pregnancia en un recuerdo, que ya nadie podrá borrarnos. Ese recuerdo que gracias a personas como Pau Gasol Sáez, hace que la vida, tenga algo más de sentido




¡Gracias Pau!

domingo, 3 de mayo de 2009

FC Barcelona: el trébol de cuatro hojas


Faltan calificativos; los adjetivos con los que puede ser retratado ya serían recurrentes y pendencieros. Alabar sería lo fácil y carente de imaginación, un recurso, que por justo y obvio perdería parte de su esencia.

Nunca soñó con ser melómano, pero este equipo aún tiene la modestia de abrumarse ante la partitura que él mismo ha sido capaz de escribir, esa música celestial que con tanto oído y tacto consigue tocar cada vez que esos músicos, ávidos de gloria, cogen su instrumento, a modo de esférico, y entonan esos acordes que los encumbran hacia la historia, hacia un coto privado en la que equipos como la Naranja Mecánica de Cruyff o el Brasil de Pelé, tendrán que hacer hueco a un FC Barcelona fiel a su mismo, a su sufrimiento y a un estilo que le ha encumbrado como reconocimiento a tantos y tantos años de seguir un libreto condenado a convertirse en un best seller, en un manual que adoctrine a generaciones futuras y sea el canon de belleza y perfección a imitar por todos los oníricos aspirantes a la excelencia.

Esa perfección que amenazaba con eclosionar engendró la máxima expresión del gusto en la fábrica de los sueños madridistas, en la Casa del Terror, en esa atracción de feria en la que tantos equipos han fracasado y que tantas aspiraciones ha cortado. Ese templo, esa Religión, es la que utilizó el Barcelona para desterrar sus miedos y callar unas bocas que ansiaban obrar el enésimo milagro, una gesta inacabada, que ha muerto en la orilla tras tantas horas de nado. Entró al partido siendo niño, y salió de él siendo un hombre, de voz y voto.


La fortuna es de los audaces, y el triunfo siempre cae del lado del más preparado. Nada de lo que conseguirá este equipo será gratuito, ni el halago, ni la adulación, ni unos títulos que por su cercanía parecen inminentes. Se pueden rebatir con el corazón. El Madrid, ese cazador cazado, hubiera sido un digno campeón de Liga por ese ardor guerrero inquebrantable que le ha mantenido hacer sombra a un equipo de leyenda. En la figura del Athletic de Bilbao, podría salir un campeón de Copa perfecto por el romanticismo de su filosofía y los valores y mérito que se merece ese equipo anclado en la Galia de Astérix y Obelix. Y en la labor del Chelsea a tantos años de dar de bruces en el último asalto, podría pedirse que por fin ese grupo de veteranos jugadores, consigan su objetivo quizás en la última gran tentativa de muchos de ellos… pero pese a esos esfuerzos por explicar lo inexplicable, el corazón y el sentimentalismo tienen que dejarle paso a la evidencia, y reconocer que este Barcelona se merece la gloria a modo de ese trébol de cuatro hojas. Con la Liga ya en el zurrón tras el azote de este sábado, la Copa tendría que hacer justicia a la gran plantilla culé, ya que han sido sus no habituales los que han conseguido pasar ronda tras ronda, e ir dejando atrás a unos adversarios rendidos ante el poder de seducción que el conjunto de Guardiola emana. Y la Champion, ese trofeo que te hace verdaderamente grande y ser recordado, tendría que ser todo lo justo con este equipo que tanto bien le hace al mundo del fútbol, y que ha osado retar a un imperio inglés, que pese a su esplendor no consigue ni de lejos emular lo que este grupo de arquitectos consigue alzar cada vez que se visten de corto y pisan un tapete verde. Un círculo perfecto que debería cerrarse con la adquisición de la SuperCopa de España, trofeo que por méritos realizados, debería de entregársele sin necesidad de disputar los partidos

Un hombre siempre se perfecciona al lograr comprender algo. El Barcelona y el barcelonismo, dejaron de mirarse al espejo que años atrás les mostró toda su belleza que a modo de títulos y partidos memorables encontraron bajo el mandato de Rijkaard, y se dieron cuenta que la gloria no es un regalo y que hay que trabajarla. Aprendiendo de errores del pasado, se vieron obligados a desprenderse de sus iconos más significativos, dos brasileños que llevaron la samba y la magia a la ciudad Condal, un Deco y Ronaldinho que lo dieron todo por un escudo que los hizo más grande, pero que todos los presentes del trío se habían visto viciados. Tras coquetear con la desidia, el Barcelona éste año cogió fuerzas para soltar lastre, y hacer que con su huída, las figuras que hicieran crecer a un grupo, permitieron a dicho grupo seguir con su proceso multiplicativo.

El FC Barcelona es una melodía acompasada, es música celestial. La Décima Sinfonía de un Beethoven que seguro que en su lecho se muestra orgulloso de unos músicos que han hecho del arte rutina y que regalan lección tras lección. Una máquina llamada a marcar una época, en la que hombres como Xavi han encontrado pese a su edad, el reconocimiento a su quehacer, a esos giros sobre sí mismo, a ese eterno desafío a la gravedad y a una musculatura estilizada que le hace emular al mismísimo Fred Aster. En la que Iniesta ha recogido el testigo de su maestro y dibuja pases imposibles bajo esa cara angelical tan alejada del marketing que le impedirá ganar premios individuales pero que le hará ganarse la admiración del aficionado, que ve como la pálida figura del Manchego es el mejor regalo para la vista. Un Puyol que pese a su madurez disfruta como un chaval, con esa casta tan suya que ha conseguido contagiar a un grupo que ha encontrado en Dani Alves a ese motor que impulsa a un bloque desde esa banda derecha de la que se ha hecho dueño para poder alcanzar cotas antes de lo esperado. O de un Piqué que tras su exilio inglés, ha vuelto convertido en ese sucesor de Hierro que el fútbol español llevaba tanto tiempo buscando; un central imponente y con jerarquía destinado a comandar unos éxitos que ya han empezado a brotar. Y mención especial a un Messi, que hace bueno el dicho de que los mejores perfumes se guardan en frascos pequeños. Un jugador distinto que juega y hace jugar, que pese a su brillantez siempre levanta la cabeza, siempre sonríe, siempre sueña con ser más grande, con crecer y superar ese complejo de su niñez tratado con hormonas de crecimiento; un futbolista que si las lesiones lo respetan tomará el relevo de esos astros que no entienden de épocas ni de equipos, y que será un digno acompañante de Di Stefano, Pelé, Maradona y Zidane.


Los 90 minutos de tirolinas con los que el Barcelona premió a los amantes del Deporte Rey, a buen seguro que marcarán un antes y un después. Dentro de muchos años, le diremos a nuestros nietos que vimos asombrados como un equipo de fútbol hizo de un balón la expresión máxima del arte, como unos hombres vestidos de blaugrana enamoraron a su más ácida crítica, a esos detractores (entre los que me incluyo), que nos vimos forzados a claudicar la rodilla y devolverle a modo de admiración, el paseíllo con alfombra roja incluida.
A partir de mañana, los diarios curarán la resaca del clásico con nombres y hombres. Pero pese a los Florentinos, Cristianos, Kakas y Villas, la única realidad es que este equipo, el FC Barcelona, ha conseguido lo que ninguna figura mundial te asegura: ganar el reconocimiento de todo el mundo, y es que la euforia de un triunfo pasajero se desvanece, pero el orgullo de ser campeón perdura para siempre



"God save this Team"

martes, 21 de abril de 2009

!Basta ya!: el contínuo milagro

Tras digerir una cena pesada, me enfrento a esta nueva entrada, sin saber exactamente que derroteros tomará lo que abajo un servidor desarrollará. Muchos son los pensamientos que me ha suscitado la enésima remontada, ese canto a la épica que el Real Madrid ha tomado por bandera, ese clavo ardiendo con el que consigue tapar muchas, muchísimas, de las carencias que un equipo agonizante y agotado pasea por todos los campos de fútbol.

Cuando la calidad no es un don, los ganadores hacen uso de la casta, del pundonor y de un esfuerzo sobrehumano que te hace ascender a ese milagro continuo en el que el Madrid lleva anclado tres años. La roja que tanto enamora en la actualidad con esa medular de pequeños hijos pródigos que tiran paredes en pleno campo minado para perforar la meta rival y ser el orgullo patrio, tuvo un tiempo cuyo apelativo, esa furia indomable, le hizo ser conocida a nivel mundial, con hombres como Camacho o Gordillo, que entre cabalgada y cabalgada, en ese ir y venir loco, en ese correcalles perpetuo, consiguió abrir una época con más ruido que nombre. Ese tesón hecho virtud, tiene su Cul Laude en la figura del malogrado Juan Gómez “Juanito”, un hombre hecho leyenda gracias a una fe inquebrantable, que pese a ese accidente mortal, sigue aún, difuminada en esa fábrica de los sueños que es el Bernabéu, escenario de tantos canguelos, de ese chorreo de miedo escénico que forjó una época, una leyenda que en ocasiones, hace acto de presencia ante los parroquianos que están agotando con sus rezos el cupo de milagros y remontadas épicas.

La euforia no puede silenciar la evidencia. Esas remontadas milagrosas que tanto envalentonan a aficionados, que hacen que un estadio ruja cuando la desidia habría hecho acto de presencia, que llena páginas de periódicos y horas de radio y televisión, y hace que el día posterior al partido un buen número de chavales vaya al colegio luciendo con orgullo el escudo de sus amores en el pecho, no es más que el fruto de un equipo campeón huérfano de jugadores de calidad. Un cementerio de elefantes que es la triste realidad que encierra la heroicidad de un Pipa de Oro, que con sus goles no deja de obrar imposibles. Tres temporadas repletas de resultados imposibles, de vuelcos inverosímiles que parecieron tener su punto álgido en la Liga de Capello, con ese final de temporada no apto para cardiacos, con ese partido azorado ante el Espanyol en el que Higuaín establecía en el descuento un 4-3 que empezó a darle sentido al “Juntos Podemos”; a esa última cabalgada de Roberto Carlos en Huelva para sobre la bocina, exhalar su último aliento al club que tanto dio y tanto le dio. A ese amago de vuelta de honor con la que Calderón se retrató tras ese minuto mágico, en el que dos profesionales del gol, tan parecidos y diferentes, se aunaron para terminar matando a su máximo rival, en esos 17 segundos mágicos que separaron el Tamudazo del gol in extremis del gran Ruud; y por último, a la última remontada de la temporada con un actor secundario que por un día soñó con ganar un óscar, y que con sus goles, certificaba una remontada imposible ante un Mallorca que vio como el título trigésimo llegaba a las arcas, que de la manera por la que llegó, por lo inesperado, ya que no se le esperaba, dejó un poso de belleza que silenció el atronador grito que demandaba la situación.

Tras un año de descanso ante el abatimiento y la decadencia de un Barcelona que demostró no tener el orgullo de su máximo rival, ese pundonor que pese a no jugar a nada, le hace aferrarse a cada minuto, luchar cada balón como si fuera el último, luchar cuando otros sólo ven una derrota. Un Barcelona que con su apatía, con la decadencia de hombres como Ronaldinho o Deco, hizo que el debut de Schuster aparcara ese plus y esa estola misericordiosa, que vio como de nuevo, contra pronóstico y contra natura, le hacía ganar un nuevo título, en esa segunda parte de ensueño, donde de nuevo un guión se escribió para ser cambiado en las postrimerías del mismo; Un Madrid con nueve, remontaba y asestaba una cornada mortal a un Valencia que se vio sorprendido y sintió en sus carnes como un tranvía llamado deseo le arrollaba y le hacía perder una SuperCopa a la que ya le estaban serigrafiando su nombre.




Y ahora que las etapas pirenaicas tomarán el rumbo de la Liga, el Madrid vuelve a aferrarse a ese estado de continuo ensueño, en el que tan cómodo se siente y que tanto ansía. Ese primer milagro se ha producido esta noche, ante el Getafe, en ese partido roto que con ese derechazo teledirigido de ese semiDios que es Higuaín ha empezado a escribir su leyenda, ese eterno milagro que amenaza y espera agazapado al mejor Barcelona de la historia, que pese a esa abrumadora superioridad perpetua con la que está apabullando este año, se acuesta a tres puntos, sintiendo en su cogote, un aliento que por la cercanía en el tiempo, le hace volver a acordarse de ese Tamudo, de ese Sobis, de esos ladrones de esperanzas que ya hicieron volar un título que tenían ganado dos años atrás.
Ya lo decía el gran Calderón, no Don Ramón, sino De la Barca, en ese monólogo de Segismundo:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Los sueños, sueños son, y un club como el Madrid, no puede vivir en una eterna fábula. No se puede engañar a sí mismo con la casta de un grupo de profesionales del balón, que son el orgullo de una masa social que debe de reconocer el sacrificio, el derroche, el amor por la camiseta con el que hacen acopio cada domingo. Un grupo humano que se deja hasta la última gota de sudor, que se exprime cuando otros claudicarían. Que pese a pucherazos en Asambleas, pese a cambios continuos de entrenadores y bailes de presidentes, ante la continua inestabilidad e incertidumbre que le rodea, sigue dando la cara, peleándole al Barcelona un título, que de no ser por esa valentía que roza la osadía, llevaría ya mucho tiempo en Camp Barça
La altura de un árbol no debe impedir poder contemplar la belleza de todo un bosque. Un club como el Real Madrid no se puede jugar una de sus siete vidas en ese cara o cruz que es esta liga con los Drenthe, Marcelo, Javi García… jugadores aprovechables pero sólo como peones de un ejército de primeras espadas y no como gladiadores en el circo romano que es el Madrid actual, un club carente de hombres y nombres, que le hace lucir sus miserias por Europa. Un equipo que da para andar por casa, pero que cuando cruza los Alpes, se autorretrata, ante la falta de jugadores competitivos que suplica un Casillas, que pese a quién pese, y caiga quien caiga, debe ser ya el capitán de un club que necesita una remodelación profunda, desde su más alta esfera, hasta el terreno de juego, pasando por un servicio médico que debe responder ante la plaga de lesiones, haciendo también parada en una directiva que hizo el ridículo con la EuroChapuza de Lass y Huntelaar. Un Club que fue grandioso y rezumaba esplendor, y que en la actualidad no es siquiera, una caricatura, una broma pesada que hace que cualquier tiempo pasado fuera mejor

Ese aferrarse a un milagro continuo, a ese gol imposible, hace que el Madrid actual sea un club vulgar que roza la locura, que le hace ir al límite y a veces cruzar esa delgada línea que separa al cuerdo del loco, que hace perder la compostura a un Pepe que demostró que todo buen escribano puede tener un borrón; un paciente psiquiátrico que ni mucho menos puede justificar lo realizado por el sucesor de Hierro, que debe, debiera y sufrirá un castigo ejemplar por ese ataque de locura que le hace el estar continuamente colindando y haciendo malabares sobre el precipicio, sobre esa ruleta rusa en la que el Madrid tan bien se desenvuelve, pero que un día no muy lejano, le hará suicidarse, confundir la bala de un revolver, que hará que por una vez el tiro salga por la culata, y la gloria de los títulos se escape, y tan sólo quede la miseria de un grupo de jugadores con orgullo, pero sin calidad para cotas de altos vuelo. Una institución, que aún contradiciéndome de una entrada anterior de este blog (El Señor de los Anillos), puede que necesite la vuelta de un Florentino Pérez, ese ser superior, que parece ser el único capacitado para instaurar la paz, para hacer que los mejores vistan de blanco y recuperar toda la gloria que se desangra sin remedio en un enfermo terminal que espera el estocazo de la muerte con la dignidad de los campeones



"Era tan rico que sólo tenía dinero"

jueves, 2 de abril de 2009

La psique del deportista

Una de esas mentes brillantes llamadas a adoctrinar a generaciones futuras y crear escuela, dejó patente allá por el siglo II a.C una de esas verdades universales que parecen ocultarse bajo lo mundano: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Una vulgar frase que parece perder valor a medida que el consumismo nos devora con su voracidad, cuando todo lo ajeno es valioso y lo propio se devalúa ante las envidias del compañero de turno, ante ese mano a mano en el que siempre creemos perder el pulso; ante la ignorancia de que cada uno de nosotros somos poseedores del mayor bien posible, de la mejor herramienta de la que servirnos, del arma más letal con el que derribar muros y esquivar ataques, de esa mente y ese cuerpo que no es más que un fiel esclavo al servicio de la sabia maquinaria que le rige y le hace crecerse, cuán sombra en una tarde de verano. Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño, cuando una persona quiere, puede; porque nada es imposible ni hay metas insalvables cuando uno se deja todo lo que tiene en el intento.

El deporte, una de las artes más perfectas con la que la especie humana consigue aunar las virtudes de su condición (esfuerzo, sacrificio, superación, compañerismo…) no es más que la evidencia que confirma la regla anteriormente expuesta. La vida de la alta competición es dura; se necesitan muchas tardes de gloria para llegar a la cima y tan sólo una errónea para caer en el ostracismo con el que el silencio caya a la gloria. Los mejores años de una vida puestas al servicio de cumplir ese ansiado sueño, esa posibilidad que hace que la vida sea interesante. Toda una vida de retos superados y nuevas contiendas en un Horizonte, todo tan feroz, todo tan reñido, que cuando uno llega a lo alto, cuando cruza esa meta, se da cuenta que la competencia es larga y al final sólo compites contra ti mismo.

Y es que la diversidad entre los semejantes es lo que nos hace grandes, los que nos diferencia, lo que le da sentido al sacrificio competitivo. No todos los cuerpos reaccionan igual ante el miedo; no todo músculo se moldea igual ante los largos entrenos, no toda la energía aguanta en la reserva a la espera de una temida pájara. Se puede seguir un mismo modo de entreno, compartir enseñanzas y aunar esfuerzos, pero a la hora de la verdad, cada persona es un mundo que se enfrenta ante los demás y ante sí mismo, ante sus miedos que atenazan sus esperanzas, que le hacen dudar, perder ese segundo valioso que distingue al vencedor del resto, a la gloria del anonimato, al éxito del olvido. Toda una vida luchando por estar el día D, a la hora H, en el momento M, para darse cuenta de que lo que te hace ganar no se entrena, no se compra, no se consigue del exterior. Y es que es en esos momentos de exigencia extrema, cuando la propia capacidad de aguantar la presión, de templar nervios para poder regalarle al mundo lo que tanto has entrenado, para lo que tanto te has preparado, es cuando se traza esa línea invisible que hace verter tantas lágrimas, que destruye sueños y derriba unos castillos construidos sobre largas horas de fina arena, y es que no hay más perdedor que el que se considera como tal.

A lo largo de la historia, muchos han sido los ejemplos que han tambaleado la lógica y han sorprendido al mundo. Ejemplos de oportunismo, que gracias a la fortaleza construida a modo de trinchera en su psique interna, han conseguida cambiar la cruel evidencia de la lógica. Y es que el futuro está escrito para poder ser cambiado.


El ciclismo es un claro exponente de esos héroes que han derrotado al Golliat que es la propia mente. Lance Armstrong, un corredor entre tantos, no sólo consiguió ascender la mejor cumbre de su vida al ganarle la batalla a un duro cáncer, sino que encontró en las duras sesiones de quimioterapia el mejor estimulante para abrirse los ojos y hacer que en cada pedalada pusiera toda su rabia, toda su entrega, para pedal a pedal conseguir unos de los hitos de más calado de la historia moderna del deporte a modo de siete Tours consecutivos ganados.
Pero no es el único que aflora en el duro deporte de la bici. Sin necesidad de cruzar el charco, encontramos en Óscar Pereiro el claro ejemplo de que cuando la mente quiere no hay imposibles que nos frenen. Un gregario convertido por el azar de una escapada primeriza en Rey por un día, que supo agarrarse al ardiente asfalto francés, que superó sus complejos y soñó con acompañar a los mejores en las cumbres pirenaicas, que desafió al viento que tantas veces le daba de cara en la lucha contra el crono y que le hacía perder minutadas, para imponerse en tres semanas donde se demostró que cuando la exigencia es máxima uno da lo mejor que tiene, y le hace poder entrar a París vestido de amarillo, al igual que le ocurriera a otro de los nuestros; a Sastre, un hombre curtido en mil batallas, un eterno aspirante que supo coger el guante tendido con el que el destino le hacía un guiño a tantos y tantos intentos fallidos, a tantas frustraciones vividas, a tantos pódiums rozados, en plena madurez de su carrera, cuando ya nadie le esperaba.

El fútbol es otra cuna de mitos forjados a base de sorpresa. Ese 12-1 de España en el antiguo Benito Villamarín no hubiera sido posible sin la creencia de que se podía. Quién no quiere ganar ya ha perdido, y esa furia española de la que tanto hemos hecho acopio, se forjó en noches como esa, donde cualquier equipo hubiera bajado los brazos y se hubiera rendido a su destino. O también a esa Eurocopa en nuestro lateral peninsular, en esa vecina Portugal que se sorprendió ante el orgullo de un pueblo griego, que se adueñó y se hizo exponente de una de esas cuñas publicitarias que reflejan la superación humana: Imposible is nothing. Nunca antes habían ganado un partido oficial en una alta competición, y en aquel inolvidable verano portugués consiguieron derribar al rival que es a veces la historia, y partido a partido, un grupo sin grandes nombres pero con grandes hombres, encontró en Otto Rehhagel a un inesperado director de orquesta, en la que percusionistas como Nikopolidis, Karagounis, o Seitaridis se sintieron sinfonistas por tres semanas y tocaron la mejor de las partituras, ese We are the Champions que encumbra a los ganadores y que les hace coquetear con el Olimpo de los Dioses.

En la actual eclosión de Verdasco, su psique, su fortaleza mental, está siendo clave en el renacer de una estrella eterna que parecía estancada. Cuando gana, expande su mano abierta y con los ojos inyectados en sangre se dice a sí mismo que por fin consiguió derribar la barrera de la eterna duda que le acompañaba. Un Fernando Verdasco que fue el patito feo en la final de la Davis en Mar del Plata, en la que una España sin la máxima figura del panorama actual del deporte de la raqueta, tomó el testigo de bajas ilustres como ya lo hicieran la selección de baloncesto en la final de Tokio en la que perdieron a su icono Gasol y referencia, o una selección de fútbol, que en la pasada Eurocopa se enfrentaron a un equipo teutón sin su máximo goleador, ante un Villa exhausto de perforar porterías rivales. Bajas que hacen ceder el protagonismo al grupo, que en definitiva es quién gana los títulos.
En esa épica final ante Argentina, durante un fin de semana, Feliciano López dejó de mirarse al espejo, dejó de decirse continuamente lo guapo que era, lo rico y famoso, la fortuna con la que le trataba la vida, y se echó sobre sus espaldas una responsabilidad de la que ha renegado toda su vida para sorprenderse a sí mismo, y para hacerle ver que si quiere está llamado a marcar diferencias, que es tan buen jugador como apuesto galán

El mayor enemigo de uno mismo son sus propios miedos; ese freno que te impide poder desplegar todo tu potencial, que te coarta y te minimiza, ante tus dudas, ante el fracaso, ante el olvido en el que tantos genios han caído por no saber imponerse al más fiero de sus rivales, a uno mismo. Y es que sólo una cosa hace que un sueño sea imposible: el miedo a fracasar

martes, 17 de marzo de 2009

CASILLAS: Dr Jekyll and Mr Hyde

Tras 25 años como profesional, 11 de ellos en la más alta élite; tras conseguir un palmarés digno de alabanza donde se acumulan 6 Ligas, 3 Supercopas y 2 Copas del Rey, donde hay lugar para dos galardones tan reseñables como lo son sus 2 Zamoras, y haber portado con orgullo 7 veces la elástica de la selección española, Paco Buyo será y es recordado sobre todo por esa interpretación de tan alta plasticidad y calidad artística en la que volaba sobre un Bernabéu enardecido en pleno auge de un derby madrileño, cayendo sobre la figura de Futre en aquel comentadísimo Diciembre del 88. Lástima la fragilidad de una memoria, que castiga con excesiva dureza sus coqueteos con el paso del tiempo y que rellena sus vacios con lo que vende, con lo que prende, con lo que escandaliza y que secunda y minimiza todo lo demás

Esa suerte suprema que es el deporte, donde tan sólo los éxitos personales y colectivos debieran premiarse, se ha visto mancillado en más de una ocasión por deportistas llamados a actores, que ven claquetas donde tan sólo hay oasis, un páramo de divina providencia que los hace interpretar papeles a los que no están llamados y que los marcan por sus deméritos. Es en parte la esencia de la picardía, ese pasito que distingue a los preparados de los audaces, que decantan balanzas y ganan enemigos con la misma fiereza que adeptos.

A lo largo de la historia del deporte, muchos han sido esos bulos que han llenado horas de radio, que se han amontonado en páginas de diarios y han sido el padrenuestro de múltiples comidillas: la mano de Dios de un Maradona que subió a los cielos, la misteriosa brecha del portero chileno Roberto Rojas, la caída del espigado Dida ante el leve roce de un aficionado escocés… Actuaciones dignas de Hollywood y merecedoras de la tan perseguida estatuilla, cazadores cazados por ese severo juez que es la cámara, y que condena al implicado a un halo de duda y trampa que será difícil de olvidar.
¿Vale todo para ganar? ¿Es todo lícito en este cada vez más corrompido y desvirtuado mundo? ¿Es ético y justificable cambiar el agua de los botes de avituallamiento por un elixir para vencer a un mermado contrincante? Está claro que no siempre el fin justifica los medios; no todo vale si para ganar hay que perder algo tan importante como la dignidad.

El pasado sábado, un nuevo suceso copó espacios dominicales. San Mamés, la cuna de la casta, del derroche del esfuerzo, de la virilidad y la batalla fue testigo del desplome de un santo azotado por un demonio tras el éxtasis de la recompensa del gol. Mucho se ha escrito y comentado sobre el derrumbe de Casillas y su posible actuación dramática. Los extremos que parecen ser la tendencia que rige la existencia humana vuelven a ser la doctrina a seguir. No hay margen de error; hay que santificar o sodomizar al bueno de Iker; es una agresión o una vil simulación; el todo o la nada, el recuerdo o el olvido; 10 segundos en la vida de un profesional que no debieran marcar su intachable carrera. Cierto es que Casillas, bajo su planta de galán de cine y esa cara de niño bueno, difícilmente se pueda desplomar por la furia de un Fran Yeste que embistió como un potro desbocado al bueno de Iker. Pero tan cierto es, que dicha embestida existió; la gravedad de dicho percance y su posible ascenso a agresión tan sólo debe estar bajo el punto de vista del colegiado, un Muñiz Fernández que vio como un reincidente en eses menesteres Fran Yeste arrasaba, puños hacía delante a un adversario.
No hay que justificar la sobreactuación, pero tampoco pienso que haya condenar al agredido. Es como, si permítanme la comparación aún a sabiendas de que pueda resultar odiosa, se condena a una mujer violada por pensar que lo iba buscando al arreglarse y ponerse guapa. No nos podemos cegar por la envidia que suscitan los que más alto llegan. El agresor siempre será el infractor, y el agredido tan sólo debe sufrir la reprimenda de ese brazo ejecutor que le atiza y le ataca. Por lo tanto, aquí hay un solo culpable (Yeste) y un agredido (Casillas); para la gravedad y los castigos ya están los comités, que son los que, vídeo en mano, acotan la sentencia. Se ha visto que el ataque se produjo, y se ha visto que dicha agresión no fue digna para recibir tan dudoso honor, por lo que con un partido queda el reo condenado

Los futbolistas, ese espejo en el que se observan y en el que a su amparo, una cada vez más huérfana juventud intenta encontrar ídolos para encontrar metas a sus sueños, deberían ser el reflejo de unos valores que se están perdiendo. Y ahí es donde encontramos la mejor interpretación de un Casillas, que sabe colgar los guantes para disputarle una pachanga a unos niños harapientos a los píes del Machu Picchu, que golea al temido cólera y que pasea su porte y su grandeza por hospitales repletos de niños enfermos que encuentran en su visita la mejor medicina radiactiva que mate sus miedos y sus tempranos sufrimientos. Una persona comprometida y coherente capaz de acallar y silenciar a sus propios ultras ante el ensañamiento ante un rival (Gurpegui eres un yonqui), que aguanta con estoicismo como teléfonos, mecheros o incluso navajas minan su hábitat que es el área chica. Un buen compañero pero mejor aún rival que ha paseado su modesta grandeza. Un grande que no es galáctico, sino de Móstoles




Casillas no es un enfermo bipolar. No debe ser comparado con el Dr Jekyll and Mr Hyde. El capitán de España es una víctima de sí mismo, de esa figura perfecta que se ha orquestado hacia su persona, y que él mismo se ha encargado de avivar gracias a su día a día. Pero Yeste tampoco es un violento sin solución, un agresor que asalta con nocturnidad y alevosía. Si se deben buscar culpables, deberían buscarse entre aquellos que difaman con intereses varios, que piensan sus ataques y se atreven a escribir calificaciones tan graves, estériles y carentes de sentido como las publicadas en la web oficial de un club admirado y señor como es el Athletic de Bilbao: "... después de la triste actuación de Casillas, ese yerno ideal que muchas madres, decían, querían tener y que, además de mentar a alguna, se ha quitado la careta y es que nadie es perfecto por muy seguro que se sienta". Un club que es fiel a su historia y que no puede permitirse el lujo de fallarse, a él y a los muchos seguidores que saben apreciar su grandeza y su mérito somero. Un mito que tiene en sus filas a gente tan capacitada y honesta como Orbaiz, capaz de no buscar remiendos ni campañas en su contra a la derrota del pasado sábado ante un Real Madrid que siempre será juzgado bajo unos cantos de sirena entonados en tiempos de dictadura bajo el epitafio de “Así, así, así gana el Madrid”

Equivocarte es una buena forma de aprender, y a buen seguro que de esta intrahistoria, ambos protagonistas habrán sacado sus propias lecturas; unas lecturas que por momentos han podido desviarse o desvirtuarse por una prensa radical que busca conflictos y polémicas, que se relame ante su presa, que le hinca el diente y le deja morir desangrada a sabiendas de que lo que vende es el morbo y la dureza, y es que el hombre prefiere una mentira brillante a cien grises verdades




"Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra"

martes, 3 de marzo de 2009

El Ocaso de la Liga de las Estrellas

Hace un tiempo, no muy lejano, la publicitada Liga BBVA tomaba el pseudónimo de las estrellas. Los Zidane, Ronaldo, Ronaldinho, Beckham,… se peleaban por copar el ranking de mejor jugador del planeta futbolístico y elegían el escaparate que se le brindaba desde la Península para conseguir tan codiciado galardón. Años de esplendor casi divino que se plasmó en campeonatos abiertos, donde Real Madrid, Barcelona y hasta Valencia ganaban ligas; que vieron como cenicientas novatas se paseaban por Europa y llegaban a alcanzar sus sueños, sueños truncados en un penalti errado por un Riquelme que navegó con maestría el juego de un submarino amarillo que se hizo grande y estuvo a once metros de una merecida final. Años, temporadas, en las que España volvía a dominar en el viejo continente; Sevilla y Valencia pasearon su orgullo de campeón con Uefas de renombre, y Real Madrid (en varias ocasiones) y Barcelona, consiguieron la joya de la corona con un trofeo orejudo que te otorga el honorífico título de mejor club de Europa.












Años de grandeza y esplendor, cimentados en parte por el boom del ladrillo, que enriqueció a los más poderosos y sirvió para hacer nuevos ricos. Época de bienes y vacas gordas que sirvieron para dar relumbrón, para dar empaque a un campeonato errático que años antes miraba con recelo tras los Pirineos, que envidiaba al Milán de Sachi, a los éxitos internacionales que siempre se le negaba a una selección española con más nombre que juego, que vio como el Bayer de Múnich infundía un temor y encabezaba esa lista de cocos que era el enfrentarse a equipos alemanes. Esos complejos, gracias a la próspera economía y a la facilidad con la que se expropiaban terrenos y se vendían nuevas parcelas, hizo que todos los flashes apuntaran a la Liga Española, que todas las cámaras enfocaran a las estrellas que deleitaban a campos atestados de enfervorizados hinchas, que los espectadores desde sus casas pudieran ver a sus equipos en unas televisiones que se volcaban ante la gallina de los huevos de oro, ante el éxito de audiencia que aseguraba ver como los guapos y talentosos jugadores lucían palmito y talento.


Pero hay un axioma que siempre se cumple; todo lo que sube baja, y toda época de vacas gordas se antecede de vacas flacas. La burbuja inmobiliaria que engatusó a propios y extraños terminó explotando, y su crack ha traído y traerá una sombra silenciosa que empieza a cernirse con voraz acritud sobre todos los estamentos de la sociedad. Un daño colateral del que el fútbol no ha podido salir ileso. Es tan típico ver en las noticias como striptease se suceden a modo recaudatorio, cómo jóvenes con familias, sueños e hipotecas se cierran en su vestuario para encontrar una solución a la desesperación de ver como el esfuerzo y el trabajo no encuentra respuesta; cómo clubes, algunos históricos y de alta alcurnia como el Logroñés desaparecen, cómo equipos hacen sentadas, cómo aficionados intentan encontrar la forma de financiar las sueños de los jugadores que entretienen sus tardes de domingo. Un peligro que empieza a despuntar y que amenaza con haces estragos; uno de los primeros grandes que siente el cálido aliento de ese peligro quieto, es el Valencia CF; un club histórico, ganador, con afición y grandes talentos que no encuentra la llave para solucionar la papeleta en la que el anterior presidente les dejó tras maniatar con su juguete a modo de equipo, de jugadores y de entrenadores de quita y pon, al mismo tiempo que jugaba con recalificaciones, con solares y proyectos faraónicos que se desvanecieron como castillos de arena.


Hubo un tiempo en que éramos la nova luminosa del panorama futbolístico, pero desde años atrás, como si de un eclipse se tratara, ese sol del que nos creíamos dueños, se ha visto ocultado tras el poder de una luna creciente llamada Premier, que ha sido elegida por magnates, por jeques y petrodólares para comandar el tiempo de ocio y sus inversiones económicas. Una nueva corriente de aire fresco que ha ventilado a una apolillada Liga británica, que ha servido para cambiar el estilo de la vieja Bretaña. Atrás quedó el mito del pelotazo, de los rechaces y los remates de los fornidos jugadores, la mayoría locales, que militaban y formaban el grueso de una Liga acomplejada por el glamour mediterráneo. Ese coto privado se ha abierto y ahora la Premier, es esa torre de Babel en la que los mejores jugadores del mundo se pelean por copar los equipos punteros, para pelear por la gloria del triunfo, por el éxito que da la fama, el glamour y la grandeza, que ha cambiado la dirección de los flashes, el enfoque de unas cámaras de fotos que captan con gozo la elasticidad y versatilidad de los Cristianos Ronaldo, las bicicletas de Robinho, el liderazgo de Gerrard, los goles de un Fernando Torres que ha encontrado fuera de su casa del Manzanares el escenario perfecto para hacerse mayor de edad, los centros milimétricos de Young, la solidez de hombres como Ferdinand, Terry o Carvhallo que apuntalan equipos ganadores. Una Premier que se ha convertido en una marca comercial atractiva y suculenta, que recibe ofertas y dinero de todo el mundo, que acelera su ritmo cuando el resto del mundo se frena, y que acentúa una herida que amenaza con tardar en cicatrizar.



No podemos obviarlo; los clubes españoles se encuentran sometidos al dominio británico, y el orgullo ibérico se encuentra bajo mínimos. Nos aferramos a la rivalidad histórica Barcelona vs Real Madrid, pero la realidad es que tenemos una Liga mediocre, que se ha desvanecido tras un prometedor arranque. El juego del Pep-team, que por momentos rozó la perfección y que amenazó con marcar una época, se está derrumbando ante la presión que ofrece un Madrid que juega a poco, pero que sabe a lo que juega; que ha encontrado una solidez y una efectividad pese a no contar con esas figuras desequilibrantes que te hacen ser grande de cara al resto del Continente. Una Liga debilitada, que ha visto como la crisis que le azota ha terminado por hacer evidentes las diferencias entre ricos y pobres. Tras los dos grandes del panorama nacional, la clase media, esa burguesía que es la que da el verdadero grado del nivel de una competición, se encuentra cada vez más debilitada. El Sevilla está claramente un peldaño por debajo de ese equipo que despuntó y sorprendió, que encontró el éxito y que empezó a perderlo tras la inesperada marcha del bravo Puerta; el Villarreal intenta encontrar la senda de un éxito, con la misma columna que brilló, pero que ahora es más vieja. Un Atlético de Madrid que es un enfermo bipolar, influenciable por sus éxitos y fracasos que le hace ser tan imprevisible como decepcionante. Un Valencia que ha pasado de soñar por recuperar con Emery el año perdido, pero que ha visto como su crisis institucional y económica, ha terminado por desviar el instinto asesino de hombres como Villa, Silva, o Mata, que necesitarán cambiar de aires para salvar el futuro del club que no encuentra la forma para pagarles y su propio futuro personal. Y en el otro lado de la balanza, una clase baja, que cada vez es más amplia y numerosa, que amenaza a propios y extraños al abismo del descenso y que no sigue un guión al que aferrarse, lo que demuestra la mediocridad del grueso de los equipos.
Cada jornada, la emoción es la nota predominante; se ven grandes goles, se alternan sorpresas, alternativas y remontadas. Un buen juego engañoso que entretiene al espectador que paga y que le hace creer, que lo de la Premier, los jeques y petrodólares son sólo fuegos de artificio.
Pero Europa es la que pone a cada uno en su sitio, y es ahí donde paseamos nuestras miserias. La Ida de los Octavos de Final nos despertaron del letargo en el que nos encontrábamos velados. Cierto es que conseguimos clasificar a nuestros cuatro representantes, pero que menos se puede pedir a una potencia mundial como es la nuestra. Pero Europa no perdona, y los errores se castigan; el todo o nada, la esencia del fútbol, el ser o no ser. Y la realidad no es otra, ya que en caso de heroica, tan sólo una presencia en Cuartos parece segura, si el Barcelona olvida sus nervios y se centra en superar a un Lyon viejo que se centra en el golpeo de Juninho y la pegada de Benzema. La lógica también da sus oportunidades a un Villarreal que es mejor que el Panatinaikos, pero que tendrá que superar el infierno que le espera en Grecia. Pero esa lógica optimista que coloca a dos de los nuestros en la siguiente ronda, también nos dice que el glorioso Atlético, a no ser que le toque ofrecer su mejor versión, está abocado a sufrir la eliminación a manos de un equipo menor como es el actual Oporto, y de un Real Madrid que aspira a sufrir su enésimo fracaso consecutivo en unos Octavos de Final que se le están atragantando y del que corre el riesgo de volver a caer en la tela de araña con la que serán recibidos en un Anfield que a buen seguro que inspirará más temor que un Bernabéu que se ha desacreditado como santuario de los milagros y remontadas. El contrapunto son los equipos ingleses, ya que sus cuatros equipos son claros aspirantes a un pase a unos Cuartos de Final que se pueden convertir en su coto privado. Cierto es que ningún equipo remató sus eliminatorias y que todas se encuentran abiertas, pero al menos han puesto ese plus del que los nuestros han carecido, y han saldado sus enfrentamientos con tres victorias (eso sí, por la mínima) y un empate. Si a este tropezón (que aún no fracaso consumado) se le suma la debacle que se ha sufrido en la Copa de la Uefa en la que no hemos conseguido meter ni a un conjunto español en Octavos, pese a contar con las bazas serias al triunfo final que suponían Sevilla y Valencia, tenemos más que motivos serios para sopesar una crisis que amenaza con su sumisión, y un serio aviso para no dormirnos en los laureles triunfales en el que nos encontrábamos inmersos.



La lectura positiva que hay que buscar, es que los axiomas anteriormente citados, tienen sentidos de ida y vuelta; lo más arriba expuesto también se puede citar en que todo lo que baja sube, y que las vacas gordas volverán a suplantar a las flacas. La riqueza de la Premier no será eterna, y los caprichos de sus inversores se esfumarán tras decepciones. Ya está ocurriendo en el Chelsea, donde su magnate ruso se está cansando de los disgustos y la desacreditación que su capricho le está dando. Si ciclo amenaza con expirar, y su herencia será ardua; un equipo acomodado, viejo y arruinado por costosos fichajes y grandes sueldos de unas estrellas venidas a menos que dificultarán el futuro del club. Liverpool, Manchester City, Manchester United,… todos ellos se basan en fortunas extranjeras que no sienten y no tienen el apego de unos dirigentes fríos que a la mínima de cambio, decidirán cambiar el destino de sus fortunas, encontrarán nuevos caprichos y dejarán a sus juguetes heridos de alto alcance. La gloria es pasajera, el éxito encuentra muchos padres, pero el fracaso es huérfano. Mientras en Inglaterra nadan en la abundancia, aquí no tenemos que desviarnos del camino. Debemos seguir con nuestro producto nacional que por fin ha visto y se ha quitado complejos, que se ve capacitado y ganador; una cantera sólida que emerge en tiempos de crisis ante las vacantes que dejan la falta de fichajes de relumbrón. Ya lo dice el refranero; no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure, así que mientras tanto, toca remar y aunar esfuerzos y sacrificios ante un mismo fin, no ceder terreno, no tirar el testigo, ya que quién tropieza y no cae adelanta camino